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El Tratado de San Luis María Grignion de Montfort
Para aplicar todos estos principios y seguir todas estas directivas, parece que no podemos hacer nada mejor que ponernos a la escuela de San Luis María de Montfort. Los mejores teólogos de nuestra época consideran que su libro es incomparable. Lo que en él nos presenta no es, en sus grandes líneas, una devoción particular, destinada a tal congregación o a tal grupo de almas especialmente orientadas. Si se la mira de cerca, se echará de ver que se trata de la buena devoción mariana tradicional, católica, pero llevada a su más elevada perfección con toda la lógica del espíritu y del corazón. Por lo demás, es indudable que todos los elementos de su doctrina mariana se encuentran explícitamente en la Tradición. Pero en ninguna parte, que sepamos, encontraremos agrupados, coordinados y sistematizados todos estos elementos teóricos y prácticos, como en este gran maestro de la vida mariana, de manera que la práctica de la vida mariana resulte considerablemente más clara y fácil.
Parece también que esta doctrina responde a todas las exigencias que hemos formulado. De este modo el pensamiento y el culto de María se introducen en el corazón mismo de la vida cristiana, que por este solo motivo queda «marializada» totalmente y de más de una manera. Encontramos aquí a la vez la multiplicidad y la unidad, lo interior como elemento principal, sin excluir las mejores prácticas exteriores.
Por lo demás, hacemos notar que para exponer la vida mariana así comprendida, no apelamos solamente a San Luis María de Montfort y a sus comentadores, ni tampoco solamente a los grandes devotos y glorificadores de María, tales como San Bernardo, San Juan Eudes, San Alfonso, y otros. Sino que apelamos además a la autoridad de numerosísimos príncipes de la Iglesia y obispos, en nuestro país especialmente a la autoridad del Cardenal Mercier, de ilustre memoria, y de su digno sucesor, Su Excelencia el Cardenal Van Roey. Apelaremos igualmente, en una cierta medida que será más tarde escrupulosamente determinada, al mismo Sumo Pontífice Pío XII, que oficialmente, en su encíclica Auspicia quædam, recomendó a todos la consagración mariana, y que definió también, en alocuciones particulares, la naturaleza y las cualidades de esta consagración. Nos encontramos, por lo tanto, en un terreno seguro y sólido.
J. Mª Hupperts S.M.M.
La inalcanzable unión de María con Dios
El culto mariano es obligatorio y necesario, como respuesta de nuestra parte a la importantísima misión que Dios ha confiado a su santísima Madre. Este culto pertenece a la sustancia misma de la religión cristiana; y es importantísimo, para la glorificación de Dios y nuestra propia santificación, que la devoción mariana sea llevada a su más elevada perfección, a fin de que se adapte plenamente al plan divino. Este perfeccionamiento se impone especialmente en nuestro tiempo, en que el Misterio de María ha sido iluminado con una luz más viva que en ninguna otra época de la historia del cristianismo.
Nuestro culto mariano, ante todo, ha de tener en cuenta el valor intrínseco de la Santísima Virgen misma, o más justamente, de su «conjunctio cum Deo», de su acercamiento a Dios, de su unión con Dios, que es la «ratio formalis», la razón propia del culto debido a los santos. Ahora bien, en María esta unión a Dios es totalmente singular y excepcional. Ella está unida de la manera más estrecha con Dios por medio de la gracia santificante, cuya plenitud recibió, una plenitud que le es propia; pero sobre todo por medio de la maternidad divina, que después de la unión hipostática es el lazo más estrecho con Dios que se pueda concebir. Por esta Maternidad la Santísima Virgen queda puesta en un orden aparte. Según una frase célebre, Ella llega a los confines de la Divinidad, y posee una dignidad infinita en razón de su término. Por este doble título le corresponde, por lo tanto, fuera y por encima de todos los ángeles y santos, un culto particular, de un género especial, que tiene en el lenguaje de la Iglesia un nombre propio. Honramos a los santos con un culto de dulía; debemos a María el culto de hiperdulía.
Y cuando se reflexiona seriamente en este plan divino sobre María, uno se admira, por una parte, de la universalidad de la intervención de la Santísima Virgen en las intervenciones sobrenaturales divinas; y, por otra parte, de la pluralidad de las influencias que Dios le ha reservado en la realización de sus designios.
Universalidad de la intervención de Nuestra Señora. Por voluntad de Dios, Ella se encuentra siempre y en todas partes junto a Cristo: en las profecías y figuras del Antiguo Testamento; en toda la vida de Jesús en la tierra, especialmente en las horas dominantes y características de esta vida; y también en todas las consecuencias de la vida y muerte de Cristo: Pentecostés, la santificación de las almas, la edificación del reino de Dios sobre la tierra, ya visto bajo su aspecto positivo, ya visto bajo el aspecto negativo de lucha contra Satán y contra todas las potestades perversas; igualmente, en la consumación, por la gloria eterna, de la obra glorificadora de Dios y santificadora de los hombres. Todavía no se lo ha tenido suficientemente en cuenta: toda operación divina sobrenatural es mariana, siempre y en todas partes mariana, realizada invariablemente por y con María, y esto hasta en sus más humildes detalles, como la aplicación de la menor gracia actual; de manera parecida a como el corazón hace sentir universalmente su acción, propulsando la sangre hasta las más finas ramificaciones de la circulación sanguínea.
Para determinar nuestra actitud respecto a la Santísima Virgen, no se ha tenido tampoco en cuenta lo suficiente, a lo que parece, la multiformidad de las intervenciones que Dios ha dejado a María en todas sus obras de gracia. Para la Encarnación le ha concedido una cuádruple influencia: de mérito, de oración, de consentimiento y de producción física materna. En el Misterio de la Cruz, nos explican los teólogos, Ella colabora de los cinco modos con que Cristo, según la doctrina de Santo Tomás, operó nuestra salvación: por modo de satisfacción, de mérito, de redención, de sacrificio y de causalidad eficiente. En el misterio de la comunicación de la gracia, prolongación encantadora de la Encarnación, encontramos también, aunque con alguna ligera adaptación, la cuádruple causalidad señalada a propósito de la Encarnación: Ella nos ha merecido toda gracia, Ella nos la destina y consiente a ella por un acto libre y consciente de su voluntad, Ella la obtiene por su omnipotente oración, y Ella la produce probablemente en el alma por su operación física ministerial.
J. Mª Hupperts S.M.M.
La Crisis, fruto de una predicación sin María
El Padre Faber, que junto a Monseñor Gay fue la figura más sobresaliente de la literatura espiritual del siglo XIX, lo constataba de manera penetrante. Después de recordar toda clase de miserias, deficiencias y debilidades en sus correligionarios, prosigue: «¿Cuál es, pues, el remedio que les falta? ¿Cuál es el remedio indicado por Dios mismo? Si nos referimos a las revelaciones de los santos, es un inmenso crecimiento de la devoción a la Santísima Virgen; pero, comprendámoslo bien, lo inmenso no tiene límites. Aquí, en Inglaterra, no se predica a María lo suficiente, ni la mitad de lo que fuera debido. La devoción que se le tiene es débil, raquítica y pobre… Su ignorancia de la teología le quita toda vida y toda dignidad; no es, como debería serlo, el carácter saliente de nuestra religión; no tiene fe en sí misma. Y por eso no se ama bastante a Jesús, ni se convierten los herejes, ni se exalta a la Iglesia; las almas que podrían ser santas se marchitan y se degeneran; no se frecuenta los sacramentos como es debido; no se evangeliza a las almas con entusiasmo y celo apostólicos; no se conoce a Jesús, porque se deja a María en el olvido… Esta sombra indigna y miserable, a la que nos atrevemos a dar el nombre de devoción a la Santísima Virgen, es la causa de todas estas miserias, de todas estas tinieblas, de todos estos males, de todas estas omisiones, de toda esta relajación… Dios quiere expresamente una devoción a su santa Madre muy distinta, mucho mayor, mucho más amplia, mucho más extensa» .
Faber, es cierto, escribía para su país y para su tiempo. Nuestra época, incontestablemente, ha realizado progresos en este ámbito, y los católicos de todos los países no tienen que luchar con las mismas dificultades que los que viven en medio de una población con una mayoría protestante aplastante. Pero eso no quita que hay un fondo de verdad en esta queja: la falta de una devoción íntegramente adaptada al plan de Dios es causa de lagunas y de debilidad espiritual. Y no podemos menos que suscribir las aspiraciones del pastor anglicano convertido: «¡Oh, si tan sólo se conociera a María, ya no habría frialdad con Jesucristo! ¡Oh, si tan sólo se conociera a María, cuánto más admirable sería nuestra fe, y cuán diferentes serían nuestras comuniones! ¡Oh, si tan sólo se conociera a María, cuánto más felices, cuánto más santos, cuánto menos mundanos seríamos, y cuánto mejor nos convertiríamos en imágenes vivas de Nuestro Señor y Salvador, su amadísimo y divino Hijo!».
J. Mª Hupperts S.M.M.
María en la voluntad Divina
Un principio evidente, es que adaptarnos plenamente en este campo al plan de Dios, concediendo íntegramente a Nuestra Señora, en nuestra vida, el lugar que le corresponde según este mismo plan divino, debe acarrear las más preciosas ventajas, no sólo para cada alma en particular, sino también para todo el conjunto de la Iglesia de Dios. María es, por libre voluntad de Dios, un eslabón importante e indispensable en la cadena de las causalidades elevantes y santificantes que se ejercen sobre las almas. Es evidente que este divino mecanismo funcionará más fácil y seguramente cuando, por el reconocimiento teórico y práctico del papel de María, le facilitemos el ejercicio de sus funciones maternas y mediadoras en nuestra alma y en la comunidad cristiana.
Al contrario, las lagunas en esta materia, lagunas culpables y voluntarias, e incluso las lagunas inconscientes, aunque no en el mismo grado, han de resultar funestas tanto para el individuo como para la sociedad. Un organismo no se compone solamente de la cabeza y del cuerpo con sus miembros: el cuello es un órgano de contacto indispensable entre la cabeza y los miembros. O más exactamente aún: un ser humano no debe disponer solamente de un cerebro, centro de todo el sistema nervioso; ya que no podría subsistir y ejercer su actividad sin otro órgano central, el corazón. Ahora bien, María es el cuello o —metáfora más exacta y más impresionante aún— el Corazón de la Iglesia, Cuerpo místico de Cristo.
J. Mª Hupperts S.M.M.
María es inseparable de Cristo
María, en la religión cristiana, es absolutamente inseparable de Cristo, tanto antes como después de la Encarnación: antes de la Encarnación, en la espera y en la expectativa del mundo; después de la Encarnación, en el culto y en el amor de la Iglesia. En efecto, somos llamados y vinculados de nuevo a las cosas celestiales sólo por la Pareja bienaventurada que es la Mujer y su Hijo. Por donde concluyo que el culto a la Santísima Virgen es una nota negativa de la verdadera religión cristiana. Digo: nota negativa; porque no es necesario que dondequiera se encuentre este culto, se encuentre la verdadera Iglesia; pero al menos donde este culto está ausente, por el mismo hecho no se encuentra la auténtica religión cristiana. Y es que la verdadera cristiandad no podría ser la que trunca la naturaleza de nuestra “religación” por Cristo, instituida por Dios, separando al Hijo bendito de la Mujer de la cual procede» . (Padre Billot S. J.)
El culto a la Santísima Virgen, considerado de manera general y objetivamente hablando, es necesario para la salvación y, por lo tanto, gravemente obligatorio. Quien se negara a tener un mínimo de devoción mariana, se pondría en serio peligro de comprometer su destino eterno, porque se negaría a emplear para este fin un medio y una mediación que Dios ha querido utilizar en toda la línea de su obra santificadora, y del que también nosotros debemos servirnos, por consiguiente, para alcanzar nuestro fin supremo.
El culto mariano pertenece a la sustancia misma del cristianismo. Es esta una verdad que no ha penetrado suficientemente en el espíritu de gran número de cristianos. Para ellos la devoción mariana es, sin duda, muy buena y recomendable, pero en definitiva secundaria, si no facultativa. Es un error fundamental. La fórmula del cristianismo, ya se lo considere como la venida de Dios a nosotros, ya como nuestra ascensión hacia El, no es Jesús solamente, sino Jesús-María. Sin duda podría haber sido de otro modo, ya que Dios no tenía ninguna necesidad de María; pero quiso El que fuera así. Es lo que había comprendido perfectamente uno de los mayores escritores espirituales del siglo XIX, Monseñor Gay, cuando escribía: «Por eso quienes no otorgan a María en ese mismo cristianismo más que el lugar de una devoción, aunque sea el de una devoción principal, no entienden bien la obra de Dios y no tienen el sentido de Cristo… Ella pertenece a la sustancia misma de la religión».
J. Mª Hupperts S.M.M.
¿Quién es María?
María será, ante todo, Corredentora con El, no solamente en el sentido de que por su libre consentimiento Ella nos da verdaderamente al Redentor; no solamente en que, por sus méritos y oraciones, Ella contribuye a la aplicación de los frutos de la Redención a las almas; sino Corredentora en el sentido estricto y completo de la palabra: Ella no forma con Cristo más que un solo principio moral del acto redentor mismo, participando del Sacrificio decisivo, no como elemento principal, pero sí como causa integrante por libre voluntad de Dios: Ella es Sacrificadora secundaria y Víctima subordinada del Sacrificio del Calvario.
El acto redentor del Calvario, al que queda vinculada toda la vida de Cristo, y también todas las acciones de María desde que se convirtió en Madre y en Socia indisoluble del Hijo de Dios, reviste también el aspecto del mérito, y merece por lo tanto todas las gracias necesarias o útiles para la salvación de la humanidad. María participa también de este aspecto de la Pasión de Cristo, como de todos los demás, y merece, al menos con mérito de conveniencia , todas las gracias que serán impartidas a la humanidad. Cristo es Mediador supremo de todas las gracias, que El conquistó al precio de su Sangre; María participa de este derecho de distribución de las gracias por la colaboración que Ella aportó en su adquisición. Por ser Corredentora, María es Mediadora y Distribuidora de todas las gracias, ejerciendo esta función por una causalidad moral de destinación o de consentimiento, por una causalidad de oración, y también probablemente por una causalidad de producción física, subordinada e instrumental, pero libre y verdadera.
Ahora bien, la gracia es la vida del alma, su vida sobrenatural. María es juntamente con Cristo, y por más de un título, el principio de toda vida sobrenatural, porque, en dependencia de Cristo, es causa multiforme de la gracia en las almas. Al dar así verdaderamente la vida a las almas, Ella es su Madre, su verdadera Madre, no ciertamente según una maternidad natural, pero sí con una maternidad real y no solamente metafórica y por modo de decir. En el orden de la vida divina Ella cumple de manera sobreeminente toda la misión y todas las funciones que una madre ordinaria ejerce en la vida de su hijo. María es, pues, Madre de las almas, por ser Mediadora de todas las gracias.
Redimir las almas, aplicarles los frutos de la redención, comunicarles y hacerles aceptar la gracia, y darlas así a luz a la vida sobrenatural, formarlas y hacerlas crecer en ella, no se hace solo, es una obra difícil; no se realiza sino en contra de fuerzas adversas coaligadas contra Dios y contra las almas: el demonio, el mundo y las facultades desordenadas que, como un virus indestructible, el pecado original dejó en el hombre. Lo cual quiere decir que redención, santificación y vivificación son una lucha, un combate incesante. Pues bien, en esta lucha María es la eterna adversaria de Satanás, detrás de la cual Cristo parece esconderse, como en otro tiempo la Serpiente se había escudado detrás de Eva. María es la eterna y siempre victoriosa Combatiente de los buenos combates de Dios. Más que eso: por debajo de Cristo, Ella es la invencible Generala de los ejércitos divinos, pues conduce y dirige el combate. Ella es para la Iglesia y para las almas todo lo que un general es para su ejército: da a las almas, a los mismos jefes de la Iglesia, las luces apropiadas para despistar las emboscadas de Satán y dirigir la batalla; sostiene también los ánimos, relanza sin cesar a sus hijos a la lucha, los provee de las armas adecuadas que deben asegurarles la victoria; pues todo eso es, con toda evidencia, obra de la gracia: gracia de luz, de valentía, de fortaleza, de perseverancia; y toda gracia, después de Cristo, nos viene de María. Por ser Corredentora y Mediadora de todas las gracias, Ella es Generala «victoriosa en todas las batallas de Dios» .
Pero también, finalmente, por ser Madre de Dios, Socia universal de Cristo y Corredentora de la humanidad, María es Reina universal junto a Cristo Rey. Ella es Reina, como lo admiten unánimemente los teólogos, según una realeza verdadera y efectiva, que se ejerce sobre toda criatura, tanto sobre los ángeles como sobre los hombres, tanto en el orden natural como en el orden sobrenatural; realeza que es participación de la de Cristo, se extiende tan lejos como la de El, se ejerce de manera análoga a la de El, pero le sigue siendo siempre plenamente subordinada.
Esta es sustancialmente la misión de María. No podemos aquí describirla más a lo largo, ni probarla; pero debíamos recordarla sucintamente. En función de estas magníficas verdades vamos a estudiar el culto singular que debemos a María, y responder a la pregunta: ¿Qué actitud debemos tener con Aquella que Dios ha colocado junto a Cristo en el corazón mismo de su Misterio de salvación?
Ante todo, deberemos establecer la necesidad y la obligación de un culto mariano elemental, y la gran utilidad de una devoción más perfecta a María. Luego, después de recordar los principios que nos tendrán que guiar en la elección de las diferentes formas de devoción a Nuestra Señora, deberemos estudiar cómo puede este culto mariano ejercerse de la mejor manera. ¡Dígnese la divina Mediadora de todas las gracias asistirnos en este estudio!
J. Mª Hupperts S.M.M.
18_10_13
Nómina Consagrados Fátima pidiendo Consagrar Chile
LISTADO CONSAGRADOS A MARIA EN CHILE
PIDIENDO LA CONSAGRACIÓN DE CHILE A LOS SAGRADOS CORAZONES DE JESÚS Y DE MARÍA
CARMEN TAPIA
GONZALO ROMAN
WLADIMIR CAREÑO
MONICA GOMEZ
EMA CARTER
HAIDE PARADA
JUANITA BELMAR
CAMILO DONOSO MENDEZ
FRANCISCA ALARCON
JOSLYN VEGA HIDALGO
CARMEN ASTUDILLO
VICTOR HIDALGO
PEDRO POBLETE
JAIME CONTRERAS
PERLA VALENZUELA DONOSO
ELIANA MUÑOZ DIAZ
ANITA ROSA HURTADO
RAQUEL DONOSO REYES
GUADALUPE DEL CARMEN VALENZUELA
ROSA VERONICA VALENZUELA
IVONNE MARIN
JOSLYN VEGA
MIRYAM VALENZUELA DONOSO
RAQUEL DONOSO REYES
CARMEN ASCUY
CAMILO DONOSO
CLAUDIO PRESLEY
MARGARITA CORDOBA
ROXANA OÑATE
MARTA CACERES
MARIA DE LOS ANGELES
CARMEN HERNANDEZ
RAQUEL CONTRERAS
CECILIA PEREZ
ERIKA SANDOVAL
ANTONIO GOMEZ
LORENA MARTINEZ
CARMEN ROMERO
LIZBETH ANTONIETA QUIROZ BURGOS
MARIA TERESA VALDES
ESTEFANÍA CACERES
CARLOS ARÉVALO
JEANNETTE PAREDES
CLAUDIA HERNÁNDEZ
NOEMÍ MENDOZA ROSIO ROA
VERÓNICA ROA
RUTH ESCUDEROS
TATIANA IBAÑEZ LUISA OTAROLA
PAOLA CANALES
MARIA CECICIA VARGAS
MARIA CECILIA MELLA
FIDELINA NORAMBUENA
ANDREA BELLO
RAQUEL CONTRERAS
DANIEL VERGARA
TERESA PONTONY
MARGARITA VALDES MORENO
CARMEN DEL TRÁNSITO TORRES H.
MARIA CRISTINA ESPARZA
TERESA MANSILLA
PATRICIA COROS
MAGGIE ZAVALA CONTRERAS
LIZBET ANTONIETA QUIROZ BURGOS
ESPER MURCI
MACARENA OGAZ
LOURDES
MANUEL JOSE DIAZMARY PAZ NOVOA REBOLLEDO
Leticia
Lety
Homilía en Fátima
Homilía Jueves 11 de Octubre, Santuario de Fátima Portugal"
“Presumo de mis debilidades”
San Pablo a los Corintios 12, 7b-10
Hermanos: Para que no, tenga soberbia, me han metido una espina en la carne: un ángel de Satanás que me apalea, para que no sea soberbio. Tres veces he pedido al Señor verme libre de él; y me ha respondido: «Te basta mi gracia; la fuerza se realiza en la debilidad.» Por eso, muy a gusto presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo. Por eso, vivo contento en medio de mis debilidades, de los insultos, las privaciones, las persecuciones y las dificultades sufridas por Cristo. Porque, cuando soy débil, entonces soy fuerte.
En la abrumada carrera de la vida, el alma experimenta con frecuencia la fatiga, ante la crudeza del camino, la aridez en medio de las tormentas, la oscuridad en la noche de la injusticia y la soledad en la ausencia de los consuelos para el corazón, que en la solidez de la humildad, lejos de encontrarse el fracaso en la tragedia de estas experiencias, se ensancha necesariamente la vida de la oración, por la ineludible plegaria elevada al Espíritu Santo.
Clave es por tanto la virtud de la humildad, que no se sostiene en medio de frecuentes impulsos de vanidad, de calculo estratégico, de incoherencia y seducción a los poderes y las alabanzas. Con tanta frecuencia, almas que fueron regaladas por la sendas de la pequeñez, terminan en la ceguera, cautivadas por los reconocimientos, los exitísmos, las aparentes eficacias ejecutivas, la autoreferencia, entusiasmados por los cargos o los logros personales, los afectos y proyectos, que no son más que una tentación que busca engañar el juicio y contaminar el corazón.
Cuando Dios nos atrae hacia sí, nos hace subir al monte de la santidad, para que estemos cada vez más cerca de él, ofreciéndonos a lo largo del camino luz y consolaciones, pero dentro del camino de la redención, que pasa necesariamente por el camino de la Cruz, de la donación y el sacrificio, que pasa necesariamente la senda del anonadamiento y de la fatiga de Getsemaní. Es la única ruta en la que nos podemos encontrar con con quién se anonadó a si mismo tomando la condición de Siervo (Filipenses 2:7-17)
“Presumo de mis debilidades, porque así residirá en mí la fuerza de Cristo”, dice San Pablo, manifestando claramente que no se jacta de sus acciones, sino de la acción de Cristo que actúa precisamente en su debilidad, en su incapacidad, en la que lejos de intentar colocar su eficacia meramente humana, para triunfar y evitar la contradicción, da lugar a una actitud de profunda humildad y confianza ante la manifestación de Dios. Nada espera de sí sino que solo de aquello que le es evidente, proviene del Señor.
Esa es, particularmente la actitud de San Francisco Marto, un niño “paciente, amable y reservado, inclinado a la contemplación”, que no eludía su fragilidad, reconociendo lo que no era o no podía, y ante la verdad de no rezar en totalidad una oración, lejos de justificarse, reconoce con modestia su limitación, y en el designio de no poder ver a la Virgen sino solo escucharla, no se revela sino que abraza con gozo solemne lo que se le dió, comprendiendo en la pureza de corazón y en la inocencia constante, el Don inmenso que recibió de consolar a Cristo, “tan triste a causa de tantos pecados”, para redimirlas y ganarse el paraíso
Por tanto, en la medida en que crece nuestra unión con el Señor y se intensifica nuestra oración, también nosotros vamos a lo esencial y comprendemos que no es el poder de nuestros medios, de nuestras virtudes, de nuestras capacidades, el que realiza el reino de Dios, sino que es Dios quien obra maravillas precisamente a través de nuestra debilidad, de nuestra inadecuación al encargo. Por eso, debemos tener la humildad de no confiar simplemente en nosotros mismos, sino de trabajar en la viña del Señor, con su ayuda, abandonándonos a él como frágiles «vasijas de barro». (Benedicto XVI, 13 de Junio, 2012)
Pidamos a los Santos Pastorcitos que pidan por nosotros y nos alcancen la gracia, por la mediación de nuestra Madre del Cielo, de no empeñar y perder nuestra vida interior, por aquellos falsos tesoros que se nos ofrecen, incluso bajo la apariencia de reconocimientos eclesiales, pastorales y comunitarios, sino que encontremos, en el camino de la humildad y la modestia, la ruta de la lealtad a la gracia recibida, que nos “basta”, para alcanzar la plenitud que Dios nos revela en María, pues el Señor se ha inclinado ante “la humildad de su Esclava”. Muchas gracias.
Atentamente Pbro. Patricio Romero
18_08_11
NOVENA A LA ASUNCIÓN DE MARÍA AL CIELO, Día 9
NOVENA A LA ASUNCIÓN DE MARÍA
AL CIELO
"POR LA CONVERSION DE LOS INFIELES"
¡Dios te salve, María, Virgen y Madre de Dios! Aunque miserable pecador, vengo con la mayor confianza a postrarme a vuestros pies santísimos, bien persuadido de ser por ti socorrido de que eres la que, con tu gracia y protección poderosa, alcanzas al género humano todas las gracias del Señor. Y si estas suplicas no bastaran pongo por medianeros y abogados a los nueve coros de los Ángeles, a los Patriarcas, y Profetas, a los Apóstoles y Evangelistas, a los Mártires, Pontífices y Confesores; a las Vírgenes y Viudas; a todos los Santos del Cielo en especial al Cura de Ars, Santa Filomena, San Francisco de Asís, San Benito y justos de la tierra. Cuiden de esta página y de lo que aquí se publica para el beneficio de los fieles de la Iglesia Católica; con el único fin de propagar la fe. Para Mayor Gloria de Dios.
NOVENA A LA ASUNCIÓN DE MARÍA
AL CIELO
Oración Preparatoria. — Alegrémonos en la festividad de la Asunción de María al Cielo. Oh Madre, haced que algún día podamos acompañaros en la Gloria. Amén.
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Criador, Padre y Redentor mío, en quien creo, en quien espero, a quien amo más que a mi alma, más que a mi vida y más que a todas las cosas: por ser Vos quien sois, y por vuestra bondad infinita, a mí me pesa, pésame mi Dios de todo corazón de haberos ofendido: propongo firmemente nunca más pecar, apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Os ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados; y así como os lo suplico, así confío en vuestra divina bondad y misericordia infinita me los perdonaréis por los merecimientos de vuestra preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, me daréis gracia para enmendar mi vida y para perseverar en vuestro santo servicio hasta la hora de mi muerte. Amén.
ORACIÓN INICIAL PARA TODOS LOS DÍAS
Soberana Virgen María, Madre de Dios y Madre mía, aquí tenéis postrado a vuestros sacratísimos pies a este hijo pródigo, penetrado de confusión, de dolor y de arrepentimiento por haber pecado contra el cielo y contra Vos: conozco, Señora, y confieso en presencia del cielo y de la tierra, que no soy digno de honrarme con el título de hijo vuestro: recibid, Madre de misericordia, esta humilde confesión de mi fea ingratitud, y mala correspondencia, dispensándome la gracia de admitirme en el número de vuestros esclavos: miradme con ojos de piedad, como acostumbráis ejecutarlo con vuestros siervos; y alcanzadme del Todopoderoso la gracia que principalmente os pido en esta santa Novena; y es, que reconocido de todos los yerros y extravíos de mi vida pasada, empiece desde ahora a llorar con amargas lágrimas todas mis culpas, a implorar las divinas misericordias, arreglando los pasos de mi vida de tal manera que logre por vuestra poderosa intercesión una preciosa muerte para gozar de Dios en vuestra compañía por eternidades de gloria. Amén.
Día 9. Confianza en María. ¿Quién no confiara en María al considerar su grande poder, su inmensa sabiduría y su grande amor hacia Dios y hacia nosotros? Confiemos en María. Acudamos a su poderosa intercesión.
Santo Rosario o Padre Nuestro, 3 Ave María y Gloria
Oración Final
Mi Dios, en quien espero, por ser un Señor de un infinito poder, que conducís al puerto de eterna salvación a todos los que esperan en Vos: que premiasteis la esperanza de nuestros. Padres, no permitiendo fuesen confundidos, y libertándoles con vuestro brazo omnipotente de la eterna confusión de los malos: mi buen Dios, que en justa remuneración de aquella firme esperanza que depositó en solo Vos María Santísima, honrasteis a esta Señora en el día de su Asunción a los Cielos con la posesión de aquel sumo y eterno bien, por quien tanto había suspirado: concededme, Señor, por su intercesión poderosa, que a imitación suya viva yo animado de aquella firme esperanza, que separando mi corazón de todos los bienes aparentes de la tierra, suspire continuamente por la posesión de aquellos bienes verdaderos, que disfrutan los justos en vuestra gloria. Amén.
Oh Virgen, que habéis sido exaltada sobre todos los coros de los Ángeles, miradnos compasiva a los que somos hijos vuestros y que luchamos aun en este valle de lagrimas y miserias. Salvadnos. Amén.
Gozos
Muéstrate, dulce abogada,
del que implora tu favor.
En cuerpo y alma elevada,
Virgen Madre del Señor:
Muéstrate, dulce abogada,
del que implora tu favor.
En la tierra padecía
tristeza tu Corazón
suspiros en profusión
lanzabas de noche y día
al Cielo, que recibía
tus ansias y tu clamor.
Muéstrate, dulce...
Un arcángel refulgente
te anuncia dichosa nueva,
que el Señor Omnipotente
al cielo empíreo te eleva.
¡Oh Madre! contigo lleva nuestro
anhelo y nuestro amor.
Muéstrate, dulce...
Aunque el tributo rendiste
que debe la humanidad,
Tú, sin mancha original,
intacto tu cuerpo existe
en la tumba, y Dios lo viste
de célico resplandor.
Muéstrate, dulce...
Entre coros celestiales
que te alaban a porfía
del Cielo, gran Madre mía,
atraviesas lo umbrales.
Por nosotros, los mortales,
intercede con ardor.
Muéstrate, dulce ...
El Empíreo proclamaba
tu dominio universal,
mientras Dios te entronizaba
como Reina celestial:
al inválido mortal
tiende el cetro protector.
Muéstratre, dulce...
Haz que toda nuestra vida,
prendados de tus primores,
entonemos tus loores,
te alabemos sin medida:
y haz, también que en la partida
nos admita el Salvador.
Muéstrate, dulce...
En cuerpo y alma elevada
Virgen Madre del Señor:
Muéstrate, dulce abogada,
del que implora tu favor.
A LA VIRGEN SANTISIMA
en su Asunción al Cielo.
Oración. — Señor Dios nuestro, imploramos vuestra clemencia para que, cuantos celebramos la Asunción de la Madre de Dios al cielo, nos veamos libres, por su intercesión, de todos los males que nos amargan. Os lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Para obtener las gracias que hemos pedido, saludaremos a la santísima Virgen con las siguientes deprecaciones:
1.ª — Oh María, por vuestra santa muerte, alcanzadme una muerte libre de todo pecado. Amen.— Avemaría.
2.ª — Oh María, por vuestra resurrección a una vida inmortal y gloriosa, obtenedme que resucite yo glorioso con los justos en el ultimo día. Amen.— Avemaría.
3.ª— Oh María, por vuestra Asunción al Cielo, en cuerpo y alma, alcanzadme que logre yo salvar mi alma y gozar eternamente en vuestra compañía. Amen.— Avemaría.
4.ª — Oh María, por vuestra exaltación sobre los Ángeles y por vuestro poder sobre los demonios, alcanzadme que venza al infernal enemigo y que sepa dominar mis pasiones. Amen.— Avemaría.
5.ª — Oh María, por vuestra coronación sobre todo lo creado y por haber sido elegida Abogada de todos los hombres, alcanzadme una filial confianza en Vos y acordaos de mi en todas mis necesidades, peligros y tentaciones. Amén. —Avemaría.
NOVENA A LA ASUNCIÓN DE MARÍA AL CIELO, Día 8
NOVENA A LA ASUNCIÓN DE MARÍA
AL CIELO
"POR LA CONVERSION DE LOS INFIELES"
¡Dios te salve, María, Virgen y Madre de Dios! Aunque miserable pecador, vengo con la mayor confianza a postrarme a vuestros pies santísimos, bien persuadido de ser por ti socorrido de que eres la que, con tu gracia y protección poderosa, alcanzas al género humano todas las gracias del Señor. Y si estas suplicas no bastaran pongo por medianeros y abogados a los nueve coros de los Ángeles, a los Patriarcas, y Profetas, a los Apóstoles y Evangelistas, a los Mártires, Pontífices y Confesores; a las Vírgenes y Viudas; a todos los Santos del Cielo en especial al Cura de Ars, Santa Filomena, San Francisco de Asís, San Benito y justos de la tierra. Cuiden de esta página y de lo que aquí se publica para el beneficio de los fieles de la Iglesia Católica; con el único fin de propagar la fe. Para Mayor Gloria de Dios.
NOVENA A LA ASUNCIÓN DE MARÍA
AL CIELO
Oración Preparatoria. — Alegrémonos en la festividad de la Asunción de María al Cielo. Oh Madre, haced que algún día podamos acompañaros en la Gloria. Amén.
Por la señal ✠ de la Santa Cruz, de nuestros ✠ enemigos, líbranos Señor ✠ Dios nuestro. En el nombre del Padre, y del Hijo ✠, y del Espíritu Santo. Amén.
ACTO DE CONTRICIÓN
Señor mío Jesucristo, Dios y Hombre verdadero, Criador, Padre y Redentor mío, en quien creo, en quien espero, a quien amo más que a mi alma, más que a mi vida y más que a todas las cosas: por ser Vos quien sois, y por vuestra bondad infinita, a mí me pesa, pésame mi Dios de todo corazón de haberos ofendido: propongo firmemente nunca más pecar, apartarme de todas las ocasiones de ofenderos, confesarme y cumplir la penitencia que me fuere impuesta. Os ofrezco, Señor, mi vida, obras y trabajos en satisfacción de todos mis pecados; y así como os lo suplico, así confío en vuestra divina bondad y misericordia infinita me los perdonaréis por los merecimientos de vuestra preciosísima Sangre, Pasión y Muerte, me daréis gracia para enmendar mi vida y para perseverar en vuestro santo servicio hasta la hora de mi muerte. Amén.
ORACIÓN INICIAL PARA TODOS LOS DÍAS
Soberana Virgen María, Madre de Dios y Madre mía, aquí tenéis postrado a vuestros sacratísimos pies a este hijo pródigo, penetrado de confusión, de dolor y de arrepentimiento por haber pecado contra el cielo y contra Vos: conozco, Señora, y confieso en presencia del cielo y de la tierra, que no soy digno de honrarme con el título de hijo vuestro: recibid, Madre de misericordia, esta humilde confesión de mi fea ingratitud, y mala correspondencia, dispensándome la gracia de admitirme en el número de vuestros esclavos: miradme con ojos de piedad, como acostumbráis ejecutarlo con vuestros siervos; y alcanzadme del Todopoderoso la gracia que principalmente os pido en esta santa Novena; y es, que reconocido de todos los yerros y extravíos de mi vida pasada, empiece desde ahora a llorar con amargas lágrimas todas mis culpas, a implorar las divinas misericordias, arreglando los pasos de mi vida de tal manera que logre por vuestra poderosa intercesión una preciosa muerte para gozar de Dios en vuestra compañía por eternidades de gloria. Amén.
Día 8. Coronación de María. La Santísima Trinidad corono a María con corona de poder, de sabiduría y de amor. El infierno tiembla al solo Nombre de María. Nada ni nadie puede resistir al poder de María.
Santo Rosario o Padre Nuestro, 3 Ave María y Gloria
Oración Final
Mi Dios, en quien espero, por ser un Señor de un infinito poder, que conducís al puerto de eterna salvación a todos los que esperan en Vos: que premiasteis la esperanza de nuestros. Padres, no permitiendo fuesen confundidos, y libertándoles con vuestro brazo omnipotente de la eterna confusión de los malos: mi buen Dios, que en justa remuneración de aquella firme esperanza que depositó en solo Vos María Santísima, honrasteis a esta Señora en el día de su Asunción a los Cielos con la posesión de aquel sumo y eterno bien, por quien tanto había suspirado: concededme, Señor, por su intercesión poderosa, que a imitación suya viva yo animado de aquella firme esperanza, que separando mi corazón de todos los bienes aparentes de la tierra, suspire continuamente por la posesión de aquellos bienes verdaderos, que disfrutan los justos en vuestra gloria. Amén.
Oh Virgen, que habéis sido exaltada sobre todos los coros de los Ángeles, miradnos compasiva a los que somos hijos vuestros y que luchamos aun en este valle de lagrimas y miserias. Salvadnos. Amén.
Gozos
Muéstrate, dulce abogada,
del que implora tu favor.
En cuerpo y alma elevada,
Virgen Madre del Señor:
Muéstrate, dulce abogada,
del que implora tu favor.
En la tierra padecía
tristeza tu Corazón
suspiros en profusión
lanzabas de noche y día
al Cielo, que recibía
tus ansias y tu clamor.
Muéstrate, dulce...
Un arcángel refulgente
te anuncia dichosa nueva,
que el Señor Omnipotente
al cielo empíreo te eleva.
¡Oh Madre! contigo lleva nuestro
anhelo y nuestro amor.
Muéstrate, dulce...
Aunque el tributo rendiste
que debe la humanidad,
Tú, sin mancha original,
intacto tu cuerpo existe
en la tumba, y Dios lo viste
de célico resplandor.
Muéstrate, dulce...
Entre coros celestiales
que te alaban a porfía
del Cielo, gran Madre mía,
atraviesas lo umbrales.
Por nosotros, los mortales,
intercede con ardor.
Muéstrate, dulce ...
El Empíreo proclamaba
tu dominio universal,
mientras Dios te entronizaba
como Reina celestial:
al inválido mortal
tiende el cetro protector.
Muéstratre, dulce...
Haz que toda nuestra vida,
prendados de tus primores,
entonemos tus loores,
te alabemos sin medida:
y haz, también que en la partida
nos admita el Salvador.
Muéstrate, dulce...
En cuerpo y alma elevada
Virgen Madre del Señor:
Muéstrate, dulce abogada,
del que implora tu favor.
A LA VIRGEN SANTISIMA
en su Asunción al Cielo.
Oración. — Señor Dios nuestro, imploramos vuestra clemencia para que, cuantos celebramos la Asunción de la Madre de Dios al cielo, nos veamos libres, por su intercesión, de todos los males que nos amargan. Os lo pedimos por el mismo Jesucristo nuestro Señor. Amén.
Para obtener las gracias que hemos pedido, saludaremos a la santísima Virgen con las siguientes deprecaciones:
1.ª — Oh María, por vuestra santa muerte, alcanzadme una muerte libre de todo pecado. Amen.— Avemaría.
2.ª — Oh María, por vuestra resurrección a una vida inmortal y gloriosa, obtenedme que resucite yo glorioso con los justos en el ultimo día. Amen.— Avemaría.
3.ª— Oh María, por vuestra Asunción al Cielo, en cuerpo y alma, alcanzadme que logre yo salvar mi alma y gozar eternamente en vuestra compañía. Amen.— Avemaría.
4.ª — Oh María, por vuestra exaltación sobre los Ángeles y por vuestro poder sobre los demonios, alcanzadme que venza al infernal enemigo y que sepa dominar mis pasiones. Amen.— Avemaría.
5.ª — Oh María, por vuestra coronación sobre todo lo creado y por haber sido elegida Abogada de todos los hombres, alcanzadme una filial confianza en Vos y acordaos de mi en todas mis necesidades, peligros y tentaciones. Amén. —Avemaría.
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