22_05_04

Las Bienaventuranzas

 




SEXTO DÍA: Lectura sugerida: Santo Evangelio (MT 10,16-28) 


Meditación: Las Bienaventuranzas




“Las bienaventuranzas nos enseñan el fin último al cual Dios nos llama: El Reino, la visión de Dios, la participación en la naturaleza divina, la vida eterna, la filiación divina, el reposo en Dios” C.I.C.1716) 

En lo que concierne al mundo, muchos tienen como regla de vida la satisfacción de su egoísmo, de sus instintos y de su sensualidad; Jesucristo nos propone, como vía de santidad, la práctica de la pureza, de la misericordia y de la paz. 

“Bienaventurados son aquellos que tienen puro su corazón, su alma, su cuerpo, su vida... los misericordiosos...”. Vivir este precepto nos cuesta el esfuerzo de apartarnos de toda ocasión próxima de pecado (diversiones, exposiciones artísticas, medios de comunicación, etc...) y requiere además, que imploremos a Dios la fuerza sobrenatural de la continencia. El mundo inculca que es imposible vivir la pureza, ostentando ambientes cada vez más contaminados con estímulos y promiscuidad. Según la Sagrada Escritura, sólo verán a Dios aquellos que tuvieran la felicidad de mantener el corazón puro. 

Para el siglo, la práctica de la misericordia se vuelve casi inmoral pues los corazones se cierran con indiferencia ante las miserias que se les presentan, rechazando el perdón y practicando las injusticias. Jesús, la Sabiduría Encarnada, nos muestra otros caminos: el de la paz y el de la misericordia. Consagrándonos a la Virgen Santísima, ejerceremos provechosamente estas bienaventuranzas, entregando a Ella todos los valores satisfactorios e impetratorios de nuestras buenas obras para que sean aplicados según sus designios. 

El mundo se preocupa de no sufrir, busca lo que es cómodo; mas el Espíritu de Jesús, nos induce a lo contrario; nos lleva a no resguardarnos en la tranquilidad y la fama, a costa de prácticas ilícitas como el fraude, la calumnia, la opresión etc...y nos invita a tener buena disposición ante las persecuciones, siendo obedientes a las leyes de Dios, sin ningún respeto humano. 

Ofreciéndonos a María Santísima hemos de padecer muchas persecuciones, y éstas todavía aumentarán, como nos afirma San Luís María G.de Montfort en el T.V.D.: “seréis perseguidos más que todos”… por que, “Siendo María la Madre de los vivos, a todos nosotros sus hijos, entrega pedazos del Árbol de laVida que es la Cruz de Jesús”. Las adversidades sirven para confirmar la esperanza en Dios, llevándonos a la humildad, evitando la vanagloria y ejercitándonos en la desconfianza de nosotros mismos. 

Por consiguiente, la Sabiduría de Dios podrá encontrar abertura en las almas: 

- Comunicando su espíritu de luz, la ciencia de los santos y las otras ciencias, cuando son necesarias; 

- Trasmitiendo la capacidad de hacer conocida la verdad a los otros,
- Haciendo que experimentemos disgusto ante las cosas creadas y dándonos gusto por las de Dios; 

- Confiriéndonos todos los dones del Espíritu Santo y las virtudes en grado eminente;
- Evitando la tibieza y la negligencia etc.., 

En virtud de estas grandes gracias, vehementes combates serán trabados, provocaciones y contradicciones de todo tipo nos asaltarán, pero alguien muy especial vendrá en nuestro auxilio…



¡Es María, la Madre de Jesús y también Nuestra Madre! 



Oración: Madre Purísima, ¡queremos amaros para volvernos semejantes a Jesús. Cierra nuestros ojos para no prestar atención a las locas vanidades del mundo, pero ábrelos para los encantos de la humanidad de Jesús. Que Tu Misericordia nos enseñe a tener amor y mansa caridad para con el prójimo, lo que es propio de los hijos de Dios. Amén. 



Jaculatoria: ¡Danos Señor un corazón virginal y dulce como el de Tu Santa Madre.! 





Las máximas de Jesucristo




QUINTO DÍA: Lectura sugerida: Santo Evangelio (MT 6,19-33) 



Meditación: Las máximas de Jesucristo 



“Las bienaventuranzas trazan la imagen de Cristo y describen su caridad, expresan la vocación asociados a la gloria de su Pasión y de su Resurrección; iluminan las acciones y las actitudes características de la vida cristiana; son promesas paradójicas y que sustentan la esperanza dentro de las tribulaciones, anuncian los beneficios y recompensas ya secretamente adquiridos por los discípulos; son iniciados en la vida de la Virgen María y de todos los Santos.” (C.I.C.1717) 



Resueltamente, debemos seguir a Jesús pobre, casto, obediente, manso y humilde de corazón, dócil a la voluntad del Padre, lleno de hambre y sed de santidad, oponiéndonos directamente al maligno, a ejemplo de María Santísima. Procuremos los bienes de este mundo solo si éstos nos fueran útiles a los deberes de nuestro estado. “Bienaventurados los pobres de espíritu” que, imitando a Jesús, se despojan de las cosas de la tierra para adquirir las riquezas del amor de Dios y los bienes del Cielo. Bienaventurados seremos si con paciencia soportamos las consecuencias de la pobreza y si vivimos desprendidos de las propias posesiones aunque éstas nos sean permitidas. 

Nuestro Señor Jesucristo tomó la pobreza como un gran bien, escogiéndola para Sí y dejándola como legado a todos sus discípulos. No nos dejemos llevar por los deseos ambiciosos e inútiles de adquirir riquezas; ¡Dios nos debe bastar! Conformémonos con los bienes que su Divina Providencia nos da. En la abundancia seamos desprendidos de corazón, en las privaciones, seamos resignados, alegres y agradecidos al Señor. La pobreza cuando es amada se transforma en gran riqueza espiritual, así afirma San Francisco de Sales. Según este mismo santo, en su obra Filotea, debemos amar al pobre y a la pobreza, practicándola incluso en medio de las riquezas, despojándonos de parte de ellas para ayudar a otro. Tenemos también que ser más pobres que los pobres asumiendo una actitud de servicio ante los necesitados, viviendo plenamente la caridad cristiana.



“Bienaventurados los mansos porque ellos poseerán la tierra” (Mt5,4) 



Contra el egoísmo debemos imbuirnos del Espíritu de Jesús, que es de inmensa caridad. Imitándolo a ejemplo de María Santísima, no busquemos nuestros derechos sino los de los otros. De esta forma, tendremos paciencia, benignidad; no debemos ser envidiosos, celosos, ni movidos por ambiciones desmesuradas y sentimientos de ira. Las personas bondadosas no sólo alcanzarán la felicidad eterna en la otra vida, sino que, ya en esta vida, gozarán de una gran paz. (Sl 36,11). 

¡Cómo son queridos por Jesús los que tienen un corazón manso!, al recibir toda suerte de ofensas, calumnias y persecuciones, no irritándose con aquellos que los maltratan o injurian. 

San Bernardo afirma “La mansedumbre es la flor de la Caridad” y, a su vez San Francisco de Sales concluye “La mansedumbre perfecciona al hombre en sus deberes con la sociedad, haciéndolo pasar por encima de todo sufrimiento...la perfección de la mansedumbre se consigue uniéndole la paciencia”.”Bienaventurados los que lloran y desean justicia". Primero lloremos nuestros propios pecados y después esforcémonos en adquirir las virtudes para perseverar en ellas, al contrario de los mundanos que declaran que no precisan conversión y juzgan ser exagerado todo lo que enseña nuestra santa religión. Tengamos, pues, sincera hambre y sed de santidad. 




Oración: Madre de Misericordia, ayúdanos a despojarnos totalmente de todo lo que nos une a la tierra. Que nos despeguemos de nosotros mismos, sobre todo, a fin de que seamos compasivos y mansos con el prójimo. ¡Haz nuestras tus lágrimas! Señora de los Dolores, danos un intenso deseo de ser en todo, despojados y transformados en Amor. Amén. 



Jaculatoria: ¡María Santísima danos las lágrimas de arrepentimiento! 





 

Las máximas del mundo





CUARTO DÍA: Lectura sugerida: Santo Evangelio ( Mt 5 38-48) 


Meditación: Las máximas del mundo


 

“Dios tiene su Sabiduría y ésa es la única que merece ser amada y buscada como un gran tesoro. El mundo corrupto, puede tener también su sabiduría pero ésta se debe condenar y detestar porque es cruel y perniciosa.” (San Luis María G.de Montfort, A.S.E.74) 

“Vanidad de vanidades, todo es vanidad, excepto amar a Dios y sólo a El servir” (Ecl 1,2). El amor hacia Dios debe ser la guía y la luz de nuestros pasos moviendo nuestras aspiraciones, deseos e ideales. Debemos, pues, huir de todas y cualquier obra de la carne que pertenecen al espíritu del mundo, tales como: prostitución, impureza, deshonestidad, idolatría, maleficios, enemistades, contiendas, celos, iras, disputas, discordias, envidias, embriaguez, orgías, etc... Éstas son contrarias al Espíritu de Jesús, que es de caridad, alegría, bondad, templanza... es decir correspondamos a la Llamada de Nuestra Señora en Fátima que nos dijo para no ofender más a Jesús, que ya está muy ofendido: “No ofendamos al Amor. Que nuestra voluntad sea la de Dios y nuestra única aspiración sea la posesión plena de su Amor”, así escribe la hna. Lucía comentando el mensaje venido del Cielo. 

La sabiduría del mundo es contraria a la Sabiduría de Dios, que es Amor-Donación. Ella tiene perfecta armonía con las máximas y las costumbres del siglo, siempre tendiendo a buscar grandezas y buena reputación, procurando satisfacer sus propios intereses y placeres, con hipocresía y astucia. Sólo se preocupa con los negocios, orientando todo en provecho propio, fingiendo, engañando, intentando establecer acuerdo entre la verdad y la mentira, entre el Evangelio y el mundo, entre la virtud y el pecado; por fin, entre Jesús y el demonio. Infeliz- mente, quien sigue la sabiduría del mundo y sus máximas apenas le importan tan siquiera la apariencia de ser bueno, no esforzándose por agradar a Dios y mucho menos en expiar sus pecados con penitencia. Éstos, se interesan sólo por lo que los otros vayan a pensar o hablar, juzgando ser de mayor valor seguir las modas y comer bien. 

Todo eso que afirmamos corresponde fielmente a las características de los que se dejan guiar por los diez mandamientos del mundo y no por los de Dios. 

Según San Luís María son estos los preceptos mundanos: 

1º Conocer bien el mundo, acompañando el siglo; 

2º Vivir como un hombre honrado, contentándose solamente con las apariencias; 

3º Orientar bien los negocios, tomando el dinero como el fin último de la vida; 

4º Guardar bien las pertenencias, ignorando la caridad; 

5º Procurar salir del anonimato, avanzando en la vida con ambición y osadías; 

6º Procurar hacer amistades importantes, sin preocuparnos en obedecer a la conciencia que nos advierte sobre las malas compañías; 

7º Frecuentar la alta sociedad andando siempre detrás de personas influyentes; 

8º Comer y beber bien; 

9º Cultivar el buen humor, incluso ante toda suerte de placeres culpables; 

10º Rechazar la piedad, religión, obras de caridad u otros oficios devotos. 

El espíritu del mundo es contrario la Divina Sabiduría al des- preciar los actos de renuncia y la locura de la Cruz. La buena Madre, María Santísima, nos aparta de esta sabiduría terrena, carnal y diabólica, que es pregonada por los mundanos. Ella fue la primera en separar- se del mundo y seguir a Jesús en el ocultamiento, en la mortificación y en la vida interior como también, en la comunicación y unión con sus sufrimientos. De este modo Ella será nuestro auxilio en la crucifixión de la carne, (con sus pasiones y malos apetitos) conduciéndonos a una continua violencia sobre nosotros mismos, y ayudándonos a cargar con la cruz de cada día. 

En resumen, no cohabitan en la misma alma la Sabiduría y el amor y las vanidades del mundo. Obteniendo esta tan deseada Sabiduría, renunciaremos efectivamente a los bienes de este siglo, o por lo menos nos despegaremos de ellos, poseyéndolos como sino los tuviéramos; lo que acontecerá si a imitación de la Virgen María practicamos una mortificación continua, valerosa y discreta. 

Mediante una vida de intensa penitencia interior (subyugando la inteligencia y la voluntad) y exterior (con paciencia ante las adversidades, ayunos, vigilias y otras austeridades) es como María Santísima nos mostrará lo que Dios quiere. ¡Seamos dóciles a su acción materna! 



La idolatría en la postmodernidad 



La idolatría es un grave pecado por cuanto se desprecia el culto al verdadero Dios, Creador y Sustentador de todas las cosas, para adorar a un ser creado colocándolo en el centro de la vida. En el pasado los hombres tomaban una imagen cualquiera (generalmente de un animal) y a este ídolo prestaban culto de adoración, ofreciéndole sacrificios, alimentos y perfumes a través de la quema de inciensos. Eso era una gran ofensa a Dios, y era abominable ante Él. Desgraciadamente esa práctica no se extinguió incluso después de haber dado el Señor a los hombres tantas pruebas de su poder y de su Amor. ¿Cómo podemos entonces identificar esta práctica en la actualidad? De varia- das formas, pues, la sociedad moderna tiene la capacidad de reproducir viejos vicios bajo nuevos aspectos. Entre estos tenemos: 


El ateísmo práctico - “Dios existe en la teoría, para la mayoría de las personas pero por el contrario, en el día a día se vive como si Él no existiese”.



No se reza nunca, no se preocupan en seguir la moral cristiana en los variados comportamientos asumidos.Todo está concurriendo para la satisfacción del propio ego, o sea, del egoísmo y la voluntad propia que pasan a regir cualquier norma de conducta. Hay sufrimientos y luchas trabadas en vano en el intento de que los deseos personales sean satisfechos cueste lo que cueste. 



El hedonismo - Es erigido un trono al dios placer.



Toda la preocupación de los individuos gira en torno a la satisfacción de sus apetitos carnales. La sensualidad es exacerbada. Las diversiones mundanas ocupan un lugar central en la vida de las personas. El espíritu de sacrificio es despreciado y ya no hay más leyes morales que sean obedecidas. 



El materialismo-“El dinero, el poder y el consumismo son reverenciados”. 



Se ha establecido el dominio del tener sobre el ser. El hombre desprecia su dignidad de hijo de Dios para establecer en su vida una loca carrera objetivada por el dinero y los bienes de propiedad oscureciendo las realidades eternas. 

Por estas prácticas arriba citadas, que infelizmente traducen la vida moderna, Dios Nuestro Señor es apartado y se vuelve frecuente, entre nosotros, la vieja frase de “Incensar a los ídolos”. 




Oración: María Santísima, agradecidos por la lucidez que nos disteis para distinguir las acciones e intenciones que son contrarias a Ti y al Espíritu Santo de Dios, queremos adoptar firmes resoluciones para liberarnos del mundo y esclavizarnos amorosamente a vuestro Inmaculado Corazón. Bondadosa Madre ayúdanos en nuestro camino. Amén. 



Jaculatoria: ¡Permanezca nuestra vida escondida en Cristo Jesús! 




 

La triple concupiscencia.




TERCER DÍA: Lectura sugerida: Santo Evangelio ( Mt 16,24-27) 


Meditación: La triple concupiscencia. 




“Dejada para nuestros combates, la concupiscencia (mala inclinación) no es capaz de perjudicar a aquellos que no consintiendo en ella resisten con coraje por la gracia de Cristo. Pero además: un atleta no recibe la corona si no lu- cha según las reglas (2Tim 2,5)”. (C.I.C1264) 

El ser humano fue creado por Dios con un equilibrio perfecto. ¿De dónde nos viene entonces, la revuelta existente entre la carne y el espíritu? Nos viene del pecado original, que aunque apagado en las aguas del Bautismo nos deja la inclinación al mal, o sea a la concupiscencia. Tenemos la certeza de que el espíritu del mundo es contrario al espíritu de Jesucristo, porque observemos que:
- El espíritu del mundo es una repugnante concupiscencia de la carne, que se traduce en los gozos sensuales exacerbados; también en una avariciosa concupiscencia de los ojos, que corresponde al deseo desmedido de los bienes de esta tierra, y por fin es una soberbia de vida cuando hay una idolatría a los honores inmerecidos.
- Ahora el espíritu de Jesucristo es de total desapego, oponiéndose al mundo que propone opresiones, engaños y robos para satisfacer las ambiciones desmedidas. 

Jesucristo nos invita a SEGUIRLO, recorriendo el camino del humilde aniquilamiento de la propia voluntad. En esta senda, el orgullo y la soberbia, responsables de la falta de amor, de espíritu de resignación y de las injusticias, deben dar lugar a la renuncia, a la sumisión y a la total entrega al Señor por las manos virginales de María. 


Cuando nos amamos demasiado a nosotros mismos y al mundo, privamos a Dios del amor que le es debido. Y eso es de fácil percepción, basta reflexionar sobre las prioridades que establecemos... 


-¿Colocamos el corazón y la esperanza en las cosas del mundo idolatrándolas?
-¿Aceptamos la humillación con espíritu de religión?
-¿Ambicionando los bienes de la tierra, vendemos nuestra conciencia (no siguiendo las inspiraciones del Señor, sino, los ideales mundanos); pisamos a nuestro prójimo para obtener lo que deseamos? 

-¿Nos apegamos a las cosas pequeñas, a intereses y cosas de propiedad, a los honores o tenemos todo eso como frívolo y vil a los ojos de Dios? 


Es muy difícil liberarnos de todo eso a no ser que nos decidamos a revestirnos de la libertad de los esclavos de la Virgen María. A Ella debemos consagrar enteramente todo nuestro cuerpo, nuestros sentidos y también nuestros bienes de orden espiritual y material. 

Colocándonos bajo sus cuidados, viviremos en total confianza con Dios, resistiendo siempre las tentaciones que nos son propuestas por el mundo. Y para perseverar con la fortaleza necesaria, armonizar el espíritu y la carne, reparar las faltas y empeñarnos en la conversión de todos los pecadores nos es necesario hacer mortificaciones y violencia sobre nosotros mismos. Solo así tendremos la tan anhelada Sabiduría, renunciando al mundo y a todo lo que nos seduce a nosotros mismos y a nuestros caprichos vanos. Para eso es indispensable cultivar una continua mortificación universal, valerosa y discreta, a través de varias prácticas, tales como: 


- desapego a los bienes: no manteniendo entre nuestras actitudes y la de los mundanos: 

- abandono de la malicia: que para enmascarar la verdad asumimos al pensar, hablar u opinar como los mundanos que se oponen terminantemente a Dios y a su Ley; 

-huir de las compañías: que nos envuelven en conversaciones inútiles, haciéndonos perder tiempo, etc… 

-No dejamos, en este asunto de reflexionar, sobre el mensaje traído por el Ángel a los pastorcillos en Fátima... “Ofrecer constantemente al Altísimo, oraciones y sacrificios”.   



   “Siempre que podáis ofrecer un sacrificio en acto de reparación...” 



Cuando hablamos de ofrecer sacrificios a Dios, debemos siempre observar siempre las circunstancias y aprovechar las ocasiones... 

En primer lugar, tenemos que ofrecer sacrificios relacionados con el cumplimiento del propio deber de estado (madre, padre de familia, hijo, estudiante, abogado, religioso, sacerdote, etc...).Dentro de esa perspectiva, tenemos que renunciar a aquello que nos puede llevar al pecado, satisfaciendo nuestros apetitos desordenados, tales como: placeres ilícitos, caprichos orgullosos, vanidad, codicia, avaricia, comodidades exageradas, impaciencia ante las contrariedades... 

Tenemos que hacer de nuestra vida un pleno ofrecimiento a Dios por María, así, como decía la hna. Lucía: “Toda nuestra vida debe ser un holocausto ofrecido a Dios, en los brazos de nuestra cruz de cada día en unión con la Cruz de Cristo”. 

Luego con la Consagración a María Santísima, ¡hagámonos pequeños y humildes, renunciando a las propias voluntades y colocándonos bajo su guía! 




Oración: Santísima Virgen María, querida Madre y Señora, nos avergonzamos de nuestra condición miserable. ¡Ruega a Jesús por el perdón de nuestros pecados, pues los detestamos de todo corazón. Revístenos de Vuestra Inmaculada Concepción y danos Vuestro Corazón para despegarnos de los bienes de esta tierra y transformarnos en Vuestros fieles Esclavos de Amor. Amén. 




Jaculatoria: Buen Dios ¡danos la gracia de la humildad del alma de la carne y de la vida! 





 

El mundo y su príncipe infernal.

 




SEGUNDO DÍA. Lectura sugerida: Santo Evangelio (Mt 4,1-10) 


Meditación: El mundo y su príncipe infernal. 



“Ese mundo creado y conservado por el amor del Creador, según la fe de los cristianos; ese mundo en verdad fue reducido a la esclavitud del pecado, pero Cristo crucificado y resucitado quebró el poder del maligno y nos liberó, para transformarse de acuerdo con el plan de Dios y llegar a la consumación”. (C.Vaticano II, GS 202) 

Para llegar a una vida perfecta, tenemos que intentar una cerrada lucha contra el egoísmo y el mundo cuyo príncipe es el demonio, el homicida desde el comienzo. 

Cuando afirmamos que el mundo es un gran obstáculo en la vida con Dios, nos referimos al mundo guiado por el espíritu del mal, que es contrario al espíritu de Jesús.
No es posible asociar Jesús al mundo, pues amando a uno estamos terminantemente, recusando y odiando al otro. ¿Y cómo podemos verificar si amamos a Jesús, o al mundo, con su príncipe infernal? Basta hacer un análisis de nuestras obras, si éstas son coherentes o no, con la renuncia que hicimos a Satanás en el día del Bautismo, donde renunciando a sus grandezas y a este mundo nos propusimos firmemente no dejarnos envolver con la soberbia del poder y del dinero, con las modas que pervierten las costumbres, vestidos, músicas, diversiones y placeres ilícitos, contrarios a la Ley de Dios.
¡El demonio es hoy el soberano del mundo! Y basta echar un vistazo a los frutos de esta civilización para percibir el reinado del egoísmo y del odio. Somos heridos por todas partes. En todas partes nos enfrentamos con tentaciones y adversidades. No nos veremos libres de estas insidias mientras estemos aquí. En nosotros mismos está la causa por la que ellas vienen, pues, ya nacemos orgullosos e inclinados al pecado... 

“Todos los hombres están implicados en el pecado de Adán”, así lo afirma el Catecismo de la Iglesia Católica (402); y nos dice también San Pablo;”Por la desobediencia de un solo hombre el pecado entró en el mundo” (Rom 5,12). Pero no debemos acomodarnos y ceder al desánimo, puesto que todos los santos fueron tentados y frente a estas dificultades consiguieron progresar de virtud en virtud, huyendo de las ocasiones de pecado, y con mucha paciencia y humildad alcanzaron el Cielo. ¿Y cómo ahora no será igual? Sí, en nuestras vidas, los obstáculos serán superados, las luchas trabadas serán también constantes. “Una lucha árdua contra el poder de las tinieblas atraviesa la historia universal de la humanidad. Iniciada desde el origen del mundo, va a durar hasta el último día según las palabras del Señor (Mt 24,13; 13, 24-30 y 36-43). Insertos en esta batalla, los hombres deben luchar siempre para adherirse al bien, no se consigue alcanzar la unidad interior sino con grandes trabajos y el auxilio de la Gracia de Dios”. (Concilio Vaticano II,GS 313). 

Jesús es quien nos trae la tranquilidad frente al enemigo poderoso, el demonio, dándonos a María Santísima como auxilio, protección y consuelo. Ella es la Reina; por medio de su humildad derrotó el espíritu del mal y del mundo, y todavía, continua manteniéndolos bajo su sujeción. 

Nuestra Señora fue creada como enemiga irreconciliable de la serpiente maligna e igualmente, sus hijos y siervos, han de trabar crecientes luchas contra los hijos de las tinieblas. Tenemos en fin, una firme certeza que motiva nuestra esperanza: ¡María será siempre la vencedora! En los últimos tiempos su poder brillará como nunca se vio; suscitará hijos y esclavos para hacer la guerra al mal. Igual en medio de las humillaciones, opresiones y persecuciones sufridas en el mundo, ellos serán ricos en gracia y celosos ante Dios. ¡Todo para el establecimiento del Reinado de Jesús! Lo mismo leemos en la profecía del Génesis 3,14-15: “...Haré reinar la enemistad entre ti y la mujer, entre tu descendencia y la de Ella. Ella te aplastará la cabeza y tú intentarás morderle el talón”. 

Por tanto, cuanto más estemos unidos a la Santísima Virgen a “la mujer vestida de Sol”, más próximos estaremos de Dios y del Cielo y consecuentemente, más libres del poder infernal. 

Abandonados, esclavos del pecado e inclinados al mal, somos débiles, inconstantes y viciosos. Con todo, unidos a María Santísima, por la Santa Esclavitud no tenemos nada que temer, ya que poseemos como garantía su incesante auxilio que nos librará de las caídas, y así mismo nos levantará cuando tengamos la desgracia de caer, restituyéndonos a Jesús. 



Oración:¡Virgen María, nuestra Reina!¡Te saludamos con ardor y entusiasmo, agradeciéndoos porque nos enseñáis la gran lección del aleja- miento del mundo y de los engaños del maligno. Nosotros, como hijos Tuyos y Esclavos de Amor, queremos seguir las enseñanzas luminosas, aborreciendo el mundo, detestándolo y huyendo valerosamente del demonio. Sólo debemos aspirar al honor, la riqueza y el placer de ser enteramente Tuyos, para pertenecer, de verdad, al Divino Rey Jesucristo, Justo y Bendito Fruto de Tu vientre. Amén. 



Jaculatoria: ¡Renunciamos al príncipe de las tinieblas. Somos hijos de tu luz! ¡Oh Señor! 








20_04_23

María nos invita a la santidad



Los doce días preliminares 



Durante estos días las lecturas, oraciones y meditaciones que hagamos deberán converger para el despojamiento del egoísmo, vicio que nos hace estar muy apegados a nosotros mismos.
Solo así tendremos el corazón libre de cualquier obstáculo que nos impida ser dóciles a las exigencias contenidas en nuestras promesas bautismales... De este modo, se vuelve indispensable examinar nuestra conciencia en relación a la adhesión a Cristo y a su Ley de amor, y también cómo andan nuestras aspiraciones y conducta moral en lo que atañe a la renuncia total a Satanás, sus obras y pompas. 

Fuimos creados con la sublime finalidad de conocer, amar y servir a Dios, ya en este mundo, para gozarlo en el otro. En esto consiste nuestra felicidad. ¡Y este es el camino que nos conduce al Cielo! 

María Santísima nos ayudará, pues Ella es la verdadera Madre de Dios y nuestra, como nos enseña la Doctrina Cristiana: 

“Jesús es el único Hijo de María. Pero la maternidad espiritual de María se extiende a todos los hombres que Él vino a salvar. Ella engendró a su Hijo al cual Dios hizo el primogénito entre una multitud de hermanos (Rom 8,29), esto es, entre los fieles, en cuyo nacimiento y educación Ella coopera con amor materno”. (C.I.C.501). 

El mayor designio de amor del Corazón Misericordioso de la Santísima Madre es el de conducirnos por las sendas del paraíso. Para corresponder tenemos que disponernos, con mucho fervor a vivir como verdaderos hijos de Dios, amándolo plenamente, cultivando en nosotros el deseo y la práctica de la santidad, a través de nuestra donación a Él y al prójimo, a imitación de María. 


Oraciones: 

Invocación al Espíritu Santo. Salutación a Nuestra Señora


PRIMER DÍA: Lectura sugerida: Santo Evangelio (Mt 7,13-27) 



Meditación: María nos invita a la santidad 



“Armados de tantos y tan saludables medios, todos los cristianos de cualquier condición o estado son llamados por el Señor, cada uno por su camino, a la perfección de la santidad por la cual es perfecto el propio Padre”. (Concilio Vaticano II, 31) 



“Sed santos como Vuestro Padre del Cielo es Santo” (Mt 5,48). ¡He aquí el llamamiento universal! Y para corresponder a esta vocación primera debemos, en cumplimiento de la Santa Voluntad de Dios, llegar a la perfección cristiana en todos nuestros pensamientos, palabras y acciones. Lo que el Señor nos pide no debe contrariar ni entristecer nuestro corazón, por el contrario, como respuesta de amor para con Él, debemos estar inmersos en un estado de paz, alegría y felicidad, ya aquí en la tierra, en oposición al espíritu del mundo. 

Volvernos santos, siguiendo los deseos de Dios, se traduce en el mayor bien que podemos hacer a la humanidad, pues “un alma que se eleva, eleva al mundo”. Infelizmente nos ocupamos con nuestras pasiones mundanas y exageramos el cuidado con lo que es pasajero, oscureciendo el sentido real de la vida... ¡Fuimos creados para el Cielo! Todo lo que emprendemos en esta tierra (que es pasajera) debe ser una prueba de que servimos sólo a Dios y no al mundo, con lo que tiene de efímero y vacío, como el poder, el dinero, la moda, los bienes materiales y de lujo, el culto desmedido a la belleza, etc... Lo que se convierte en obstáculo para la santificación es el apego a las malas inclinaciones y deseos y, también, la excesiva dependencia de los consuelos humanos. 

El trabajo que emprendemos para la conquista de la santidad es árduo, mas Dios viene siempre en auxilio de aquellos que luchan y esperan en su Gracia. Se vuelve muy difícil, en los tiempos actuales, donde somos abandonados a nuestras propias fuerzas, vivir la santidad a la que fuimos llamados. Para conseguir tan gran merced, Dios nos dio a María, su Madre Santísima, como atajo bendito, y guía seguro para la eternidad. La Virgen María es el modelo de santidad que supera todos los otros, siguiéndola no nos perderemos. 

Como Madre, Nuestra Señora nos acompaña desde el nacimiento hasta que alcanzamos la “perfecta estatura de Cristo” (Ef 6,13); después, su mayor preocupación es la misión de formar santos, con- formándonos con su Hijo Jesús. Por tanto, siendo nuestra santificación acción de Dios, (juntamente con nuestra correspondencia) no huyamos de esta mediadora y Madre de todas las gracias. 

Sólo hallaremos la Gracia si encontramos a María, porque: 


- Sólo Ella encontró la Gracia de Dios para Sí y para cada uno de nosotros.
“Alégrate ¡oh llena de Gracia, el Señor es contigo! (Lc 1,28); - A Ella, debe el Autor de todas las gracias, su ser y su vida; 

“He aquí que concebirás y darás a luz un Hijo, y le pondrás por nombre Jesús” (Lc 1,31);
- Dios Padre, dándole su Hijo le dio a Ella todas las Gracias.
“Por eso el Santo Ser que nacerá de Ti será llamado Hijo de Dios” (Lc 1,35); 

- Dios la escogió como tesorera, ecónoma y dispensadora de todas las gracias.
“Dijo entonces su Madre a los sirvientes: Haced todo lo que Él os diga”. (Jo 2,5); 

- Así como en el orden natural tenemos padre y madre, en el orden de la Gracia, también tenemos que tener a Dios por Padre y a María por Madre. 



“Jesús y Teresa son hijos de la misma Madre... en nuestra feliz condición es nuestro feliz deber imitar a Jesús con todo nuestro ser, ser hijo de María” (Santa Teresita del Niño Jesús); 

- María recibió de Dios un particular dominio sobre las almas para alimentarlas y hacerlas crecer en Él.
“El alma perfecta es tal, solamente por medio de María” (San Bernardino de Siena); 

- “María es en verdad el molde divino para hacer santos.” (San Agustín). 


Para vencer todas las dificultades, que nos presenta el camino de santificación, es necesario encontrarnos a la Virgen María. Es en Ella en la que obtendremos la abundancia de gracias. Y eso sólo acontecerá cuando le profesemos una perfecta devoción; devoción esta que “procede de la verdadera fe que nos lleva a reconocer la excelencia de la Madre de Dios y nos incita a un amor filial con nuestra Madre a imitación de sus virtudes” (Concilio Vaticano II). 



Oración: María Santísima, hermosa estrella, espejo de santidad, hemos de imitarte para adquirir la perfección. Condúcenos de la ma- no, como a un hijo. Invítanos a la santidad y oiremos Tus palabras, postrándonos a Tus pies durante todo este mes que a Ti dedicamos. ¡Amén!. 



Jaculatoria: “Para encontrar la gracia de la santidad, el Padre, nos hizo encontrar a Nuestra Señora”! 



20_04_22

“Santa Esclavitud de Amor”





INTRODUCCIÓN 



“Establecer en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María significa llevar a las personas a una plena consagración de conversión, donación, íntima estima, veneración y amor. Es pues, en este espíritu de consagración y conversión en el que Dios quiere establecer en el mundo la devoción al Corazón Inmaculado de María”. (Hna. Lucia, Anuncios del Mensaje de Fátima) 



Como medio seguro de practicar una tierna y filial devoción para con la Virgen Madre de Dios, asegurando el Triunfo de su Inmaculado Corazón en nuestras almas, tenemos la vivencia de la Total Consagración para con Ella, o la “Santa Esclavitud de Amor”, así como nos fue propuesto por Luís María Grignion de Montfort, en quien encontramos su expresión más perfecta, y que ya en el siglo XVIII se volvió una devoción popular. 

Esta Consagración a la Virgen Santísima, experimentada y vivi- da por innumerables santos tales como Santa Teresita del Niño Jesús, San Juan María Vianney, San Padre Pio, entre otros, bien como por el añorado Papa Juan Pablo II, consiste en entregarnos totalmente a la Madre del Cielo (todo lo que tenemos y somos) para que a través de Ella pertenezcamos más perfectamente a Jesús. 

Nuestra total entrega como aquí es presentada, tiene como finalidad unirnos a Jesucristo y hacernos crecer cada vez más en su Gracia. 

Al entregarnos, de esta forma a Nuestra Señora, estamos abiertos a su acción de Madre, Maestra y Formadora para así cumplir, en nuestra vida, la Santísima Voluntad de Dios. 

San Luís María G.de Montfort, llama a la Santa Esclavitud “La Verdadera Devoción”, simplemente porque Ella nos muestra quién es Nuestra Señora, su lugar en el plano de la salvación y su misión en la vida de la Iglesia y de cada uno de nosotros. La pureza doctrinaria de esta devoción mariana nos invita a lanzarnos a los cuidados de María, atendiendo al mandamiento de Jesús, que mirándonos, nos dijo: “He aquí a tu Madre”. Por tanto, por la Total Consagración de nosotros mismos a la Santísima Virgen, estamos dando nuestro SÍ a Jesús, que nos La dio por Madre, a fin de que Ella nos enseñe a hacer todo lo que Él mandó. 

Desde el punto de vista pastoral, la necesidad y eficacia de la Santa Esclavitud, son siempre actuales, ya que esta Consagración no es más que una perfecta renovación de nuestras promesas bautismales. De hecho, los Concilios, así como varios Papas, hablarán sobre la necesidad de recordar a los cristianos los votos del Bautismo y su estado de pertenencia a Dios. Así, por la Total Consagración confirmamos la soberanía de Nuestro Señor y también de la Santísima Virgen sobre nosotros; solo que ahora somos nosotros mismos los que renovamos las promesas bautismales a través de María, como quiere Jesús, para que Ella nos enseñe a ser fieles a los deseos de Cristo y a renunciar a todo mal. 

Acordémonos que la Santa Esclavitud de Amor es una Consagración de Devoción que para poner en práctica conscientemente, debemos activar en nosotros la Consagración bautismal, viviendo y dan- do testimonio con profundidad de nuestra pertenencia a Dios. En ella debemos dar espacio a la Virgen Bendita para que Ella pueda ejercer sobre nosotros su maternidad espiritual, engendrándonos para la santidad y el apostolado. Sólo así, a través de esta Total Entrega conseguiremos, por medio de Ella, estrechar los vínculos con Dios, Nuestro Se- ñor Soberano.
Es, pues, de gran urgencia y necesidad, para que apodamos contribuir a la mayor gloria de Dios y a la salvación de las almas que estemos atentos a su Santa Voluntad y también a su pedagogía...
En la introducción al Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen, libro este, en que la doctrina y la espiritualidad de la Esclavitud Mariana fueron inmortalizadas, nos dice San Luís María G. de Montfort: “Fue por medio de la Santísima Virgen por lo que Jesucristo vino al mundo y por medio de Ella debe reinar en el mundo”. (TV.D.O1) o sea, “El Reinado de María” será el medio por el cual se dará el Reinado de su Hijo Jesús. 

En Fátima, en el año 1917, Nuestra Señora en sus apariciones a los tres pastorcillos, confirma la profecía de San Luis cuando anuncia: “Por fin mi Inmaculado Corazón triunfará”, indicando también a su vez, el medio que la Divina Providencia nos da para que acontezca este triunfo “Mi Hijo quiere establecer en el mundo la devoción a Mi Inmaculado Corazón”. Justamente aquí debemos estar atentos pues, la devoción que Jesús quiere establecer al Inmaculado Corazón de su Madre Santísima no puede ser cualquier devoción sino, la más perfecta, donde podemos fácilmente encuadrar la Total Consagración, tal como nos la presenta San Luís y por la cual verificamos tan bellos frutos de vida en el pontificado del Papa Juan Pablo II, cuyo lema fue TOTUS TUUS. 

La profecía de Fátima nos aclara lo que enseña San Luís en sus escritos... “Ese tiempo (“El del triunfo y reinado de María”) sólo llegará cuando se conozca y practique la devoción que os enseño” (T.V.D.217). 

Los designios de Dios son claros: el Reino de Cristo se establecerá por el Reino de María, y éste a su vez por la propagación de la vivencia de una verdadera y perfecta devoción a Ella.
De ahí comprendemos lo que lleva al enemigo infernal a querer evitar esta devoción mariana a través de la diseminación del materialismo y del hedonismo. En consecuencia, vemos como es de extrema importancia, que TODOS (independientemente del grupo, movimiento y comunidad en el que participa) conozcan, hagan, vivan y propaguen la Total Consagración a Nuestra Señora, ya que ésta forma parte del patrimonio devocional de la Santa Iglesia y nos lleva a vivir con intensidad y fidelidad los deberes de estado. 



La misión que Jesús dio a Nuestra Señora fue la de formar verdaderos adoradores de Dios, por eso no debemos tener escrúpulos en dedicarnos a la vivencia de esta total donación a Ella. 

El propio Concilio Vaticano II, en su Constitución Dogmática Lumen Gentium 66, afirma con relación a las variadas formas de piedad con la Madre de Dios: “...hacen que, en tanto se honre a la Madre, el Hijo, por Quien todo fue creado (cf. Col 1,15-16) y en el Cual por Gracia del Padre Eterno reside toda la plenitud (Col 1,19) sea debidamente conocido, amado, glorificado y que sean guardados sus mandamientos”. Por la Total Consagración, acogemos a María en nuestra casa y Ella nos acoge en la escuela de su Inmaculado Corazón, donde aprenderemos el verdadero amor a Dios y al prójimo, así como, las demás virtudes que harán de nosotros verdaderos cristianos. Además nos aclara esta misma constitución dogmática: “Además saben los fieles que la verdadera devoción no consiste en un estéril y transitorio afecto, ni en una cierta credulidad sino que procede de la fe verdadera por la cual somos llevados a reconocer la excelencia de la Madre de Dios, impulsados a un amor filial hacia nuestra Madre, y a la imitación de sus virtudes” (LG 67). 

En estos tiempos, en los que se intensifica la batalla espiritual entre la Santísima Virgen y el espíritu de las tinieblas, seamos apóstoles de la Santa Esclavitud, y dentro de esta devoción apliquémonos en sus prácticas exteriores como la oración del Rosario, tan solicitada en el “Mensaje de Fátima” y propagada por tantos santos, cómo el Beato Bartolo Longo, que nos dejó esta feliz cita: “El Rosario bendito de María, dulce cadena que nos prende a Dios, vínculo de amor que nos une a los Ángeles, torre de salvación contra los asaltos del infierno, puerto seguro en el naufragio general, no te dejaremos nunca jamás. Serás nuestro consuelo en la hora de la agonía”. 

Para que nuestra consagración personal a la Santísima Virgen no sea una acción ocasional o mero devocionismo, es menester que adquiramos la conciencia de que Ella nos introduce en lo profundo del cristianismo, en cuanto que es una consagración a Jesús con María y por medio de Ella. Para tal, es necesaria una preparación adecuada, acompañada de un esclarecimiento profundo acerca de su sentido y de un compromiso serio con la ardiente vivencia de la espiritualidad cristiana, donde una asidua meditación y el conocimiento catequético estarán presentes para dar verdadero significado a este acto de total entrega al Señor por las manos de su Santísima Madre. 

Con el objetivo de contribuir a una piadosa y fructuosa preparación de este paso tan significativo, proponemos aquí un itinerario preciso, compuesto de una serie de oraciones, lecturas espirituales y meditaciones, adaptadas del Libro de Consagración a Nuestra Señora de Don Antonio Alves Siqueira, que nos estimulará en la reflexión y mayor conocimiento de nuestra vocación cristiana, como también de María Santísima y de Jesucristo, aumentando el amor hacia Ellos. 

De esta forma, después de leer el Tratado de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen y de concienciarnos de lo que es esta consagración y de cómo debemos vivirla, podemos por fin marcar una fecha mariana para realizarla precediéndola de los ejercicios preparatorios que siguen, imbuidos de un espíritu mas recogido. 

Los ejercicios preparatorios duran treinta días y su secuencia ha de respetar la siguiente estructura: 

I - Doce días preliminares - para el desapego del mundo.
II - Primera Semana - dedicada al conocimiento de sí.
III - Segunda Semana - dedicada al conocimiento de la Santísima Virgen.
IV - Tercera Semana - para el conocimiento de Jesucristo.
Al final, se debe hacer una confesión general. 

Hallamos oportuno entre tanto, proponer algunas jaculatorias que serán recitadas durante los días en que hacemos el ejercicio espiritual, con la finalidad de mantener el interior en sintonía con el tema de la meditación propuesta. 

Concluyendo, queremos que las palabras de San Luís nos traigan la motivación necesaria para participar en el ejército de Nuestra Señora, como apóstoles valerosos que ansían el triunfo de su Corazón Inmaculado...
“¿Cuándo llegará ese feliz tiempo en el que María será establecida Señora y Soberana de los corazones, para someterlos plenamente al imperio de su grande y único Jesús?
¿Cuándo llegará el día en que las almas respirarán a María como el cuerpo respira el aire? Entonces cosas maravillosas acontecerán en este mundo, donde el Espíritu Santo encontrando su querida Esposa reproducida en las almas descenderá a ellas abundantemente llenándolas con sus dones, particularmente con el don de la sabiduría, a fin de operar maravillas de gracia. Mi querido hermano, ¿Cuándo llegará este tiempo feliz, ese siglo de María en que innumerables almas escogidas, perdiéndose en el abismo de su interior, se volverán copias vivas de María, para amar y glorificar a Jesucristo? Ese tiempo sólo llegará cuando se conozca y practique la devoción que enseño”. (T.D.V.217).