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SANCTA MARÍA MATER DEI, Novena día 3






La Anunciación


"Dijo María: He aquí la esclava del Señor; hágase en mí según tu palabra.” 
Lc 1:38




Oración

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las plegarias que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!



Reflexión

Los teólogos sostienen que seguramente María sería una adolescente cuando el Ángel Gabriel le transmitió el anuncio de salvación de parte de Dios. Ese día, Dios reveló a María su vocación y el papel que jugaría en la salvación del mundo. Le reveló que él tenía un Hijo que vendría al mundo para salvar a todos los hombres del pecado, la muerte y el dominio de Satanás. Dios le pidió a María, la nueva Eva, que fuera la madre virgen de su Hijo eterno. Su plan dependía del “Sí” de María. Dios quería abrir las compuertas de la misericordia a la humanidad a través del consentimiento de María para ser la Madre virgen de Dios hecho hombre. Dios, que no necesita a nadie para hacer lo que se propone, quiso enviarnos a su Hijo a través del asentimiento de fe de María.
María ofició ante Dios de representante del Pueblo de Israel, y más aún, de todo el género humano. En ese momento, todo dependió de su  Fiat, de su hágase en mí según tu palabra. En el Concilio Vaticano II, la Iglesia enfatizó la idea de la participación activa de María en la redención del mundo. Los Padres conciliares recordaron las palabras de San Ireneo de Lyon, obispo del siglo II.
Así María, hija de Adán, al aceptar el mensaje divino, se convirtió en Madre de Jesús, y al abrazar de todo corazón y sin entorpecimiento de pecado alguno la voluntad salvífica de Dios, se consagró totalmente como esclava del Señor a la persona y a la obra de su Hijo, sirviendo con diligencia al misterio de la redención con El y bajo El, con la gracia de Dios omnipotente. Con razón, pues, piensan los Santos Padres que María no fue un instrumento puramente pasivo en las manos de Dios, sino que cooperó a la salvación de los hombres con fe y obediencia libres. Como dice San Ireneo, “obedeciendo, se convirtió en causa de salvación para sí misma y para todo el género humano.” Por eso no pocos Padres antiguos afirman gustosamente con él en su predicación que “el nudo de la desobediencia de Eva fue desatado por la obediencia de María; que lo atado por la virgen Eva con su incredulidad, fue desatado por la virgen María mediante su fe;” y comparándola con Eva, llaman a María «Madre de los vivientes,” afirmando aún con mayor frecuencia que “la muerte vino por Eva, la vida por María” (Lumen Gentium, 56).
A través del poder del Altísimo que la cubrió con su sombra, María abrazó a Cristo, primero con su mente por la fe, luego con su corazón por medio de la esperanza y la caridad, y  finalmente con su cuerpo mediante el milagro que sólo Dios podía realizar. Ella consintió con todo su ser su maternidad virginal con la plena conciencia de que su hijo se llamaría Jesús, porque él salvará a su pueblo de sus pecados (Mateo 1:21). Con su  fiat, María nos dió a Jesús, por lo cual en los planes de Dios, es la humana causa de nuestra salvación. Todo lo bueno en nuestras vidas, lo debemos a María, la Causa de nuestra alegría.



Oración

Dios, Padre Todopoderoso, cuando María se entregó a tu Palabra, concibió a Cristo primero en su mente por la fe, después en su corazón por la esperanza y el amor, y  finalmente en su cuerpo por obra de tu Espíritu Santo. Gracias a su deseo de ser la madre de tu Hijo, María abrió para todos los hombres las compuertas de tu amor misericordioso. Que ella ayude a todos los hombres a vivir en fe, esperanza y caridad, obedeciendo tu voluntad. Que ella nos recuerde siempre que lo que Tú quieres es dar la salvación a nuestros hermanos por medio de nuestra fe y buenas obras. Ayúdanos a aceptar plenamente nuestra responsabilidad en la lucha contra la cultura de la muerte y la promoción de la cultura de la vida en nuestra sociedad. Te lo pedimos por Cristo, Nuestro Señor. Amén.




SANCTA MARÍA MATER DEI, Novena día 2


El deseo de virginidad de María





"María respondió al ángel: ¿Cómo será esto, puesto que no conozco varón?"  Lucas 1:34




Oración

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las plegarias que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!



Reflexión

Mucho antes de que el Ángel Gabriel diera a María el mensaje de que Dios la había elegido para ser la madre de su Hijo, ella había decidido entregarse entera y exclusivamente a través del don de la virginidad perpetua.
María sabía que Dios había establecido una Alianza – un lazo familiar- con el Pueblo de Israel en el Monte Sinaí. El Señor se había mantenido  el a las promesas de la Alianza, pero Israel había violado esa  fidelidad. Con sus repetidas desobediencias a los Mandamientos de Dios, Israel demostró ser una esposa adúltera. María, consciente de la historia de su pueblo y dolida por las infidelidades narradas por los Profetas, anhelaba vivir amando a Dios como su esposa  fiel para reparar los pecados de su pueblo.
A continuación, la descripción del Papa Juan Pablo II del deseo de María de permanecer virgen toda su vida:
Ella misma deseaba encarnar en sí la imagen de la esposa completamente  fiel y plenamente entregada al Espíritu divino y, por eso, se convierte en el comienzo del nuevo Israel, es decir, del pueblo querido por el Dios de la alianza en su corazón de esposo. María no usa, ni en el diálogo ni en el cántico, términos de la analogía nupcial, pero hace mucho más: confirma y consolida una consagración que ya está viviendo y que resulta su condición habitual de vida. En efecto, replica al Ángel de la anunciación: «No conozco varón» (Lc 1, 34). Es como si dijera: soy virgen consagrada a Dios y no quiero abandonar a este Esposo, porque creo que no lo quiere él, tan celoso de Israel, tan severo con quien lo ha traicionado, tan insistente en su misericordiosa llamada a la reconciliación. María es consciente de la infidelidad de su pueblo y quiere ser una esposa  fiel al Esposo divino, tan amado.
Dios envió al Ángel Gabriel a la ciudad de Nazaret a decirle a María que había aceptado su deseo de pertenecerle exclusivamente a él y que, de hecho, él había puesto en ella ese deseo. El deseo de María de permanecer virgen era, en realidad, una respuesta al amor  fiel de Dios hacia ella. El Ángel le anuncia a María que ella concebiría al hijo de Dios en su virginidad a través del poder del Espíritu Santo que vendría sobre ella y la cubriría con su sombra. Ella se convierte entonces en virgen, esposa y madre simultáneamente. La elección libre de María de permanecer virgen fue lo que posibilitó su pertenencia completa a Cristo como su madre y a cada uno de nosotros como nuestra madre amorosa. La Santísima Virgen María fue testigo de que el precioso valor de la virginidad existe siempre en orden al amor esponsal y la maternidad.


Oración

Dios Todopoderoso y Eterno, María se entregó a Ti sin reserva a través del don de su virginidad. Así como amó a Jesús con todo el corazón, sigue amando y sirviendo a todos sus hijos en la tierra. Por medio de su ejemplo, infunde en todos los miembros de tu Iglesia un aprecio más profundo del valor de la virginidad. Ayúdanos a comprender que la virginidad es el regalo perfecto que los esposos se entregan el uno al otro el día de su boda. Inspira a muchos jóvenes para que abracen una vida consagrada célibe o virgen en el sacerdocio o la vida religiosa. Enséñanos el significado de las palabras de tu Hijo: Bienaventurados los limpios de corazón, porque ellos verán a Dios (Mt 5:8). Te lo pedimos por Cristo, Nuestro Señor. Amén.




SANCTA MARÍA MATER DEI, Novena día 1






La Inmaculada Concepción de la Madre de Dios



"¡Toda hermosa eres, amada mía, no hay tacha en ti!"
 Cantar de los Cantares 4:7


Oración

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las plegarias que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!

Reflexión

Ya que Dios crea un alma inmortal a través de la unión conyugal del hombre y la mujer, la concepción de toda persona humana es sagrada. Dios llama a la existencia a la persona con su amor, incluso si la concepción se da   por un acto de lujuria o violencia.

Cuando la Virgen María fue concebida en el seno de su madre, Dios creó su alma inmortal y la llenó de su vida divina. En la Inmaculada Concepción, Dios redimió en forma especialísima a María preservándola del Pecado Original en previsión de los méritos de Cristo, el Salvador. Desde el primer instante de su vida, María era de una hermosura plena, llena de gracia (Lc 1:28), sin ningún rastro de egoísmo ni inclinación al pecado y con una libertad sin igual para amar a Dios y a todos los demás. En la concepción de María, Dios la dotó de las armas para destruir el reino de Satanás (Gen 3:15). La caridad de Cristo llenó a María desde el primer instante de su existencia, dentro del vientre de su madre.

Con estas palabras proclamó el Papa Pío IX el Dogma de la Inmaculada Concepción: Declaramos, pronunciamos y decimos que la doctrina que sostiene que la Santísima Virgen María, desde el primer instante de su concepción, por singular gracia y privilegio de Dios Todopoderoso, en previsión de los méritos de Jesucristo, Salvador del género humano, fue preservada de toda mancha del pecado original, es doctrina revelada por Dios y por consiguiente debe ser creída  firme y constantemente por todos los fieles.

La buena noticia de la Inmaculada Concepción es que hay más amor en el alma inmaculada de María que mal en el mundo. En su Inmaculada Concepción, Dios dotó a María de la capacidad para dar su sí libremente a su plan de salvación en Cristo y para ayudarnos a nosotros, sus hijos, a decir también que sí.



Oración

Dios, Padre Todopoderoso, en el momento de nuestra concepción llamaste a cada uno de nosotros a la existencia con tu amor. Amaste a María asombrosamente en su Inmaculada Concepción, preservándola de heredar el pecado de Adán por los méritos anticipados del Salvador. La preparaste en su concepción para ser la Madre y compañera de tu Hijo y nuestra madre amorosa. Concede a toda persona una reverencia cada vez más honda hacia tu presencia y acción creadora en la concepción humana. Ayuda a todos a reconocer el mal que hay en el aborto y la anticoncepción, y todos los pecados que ofenden a nuestro Dios Creador. Que en el abrazo maternal de María, todo estadounidense promueva la veneración a la vida humana en nuestra nación. Te lo pedimos por Jesucristo, Nuestro Señor. Amén.



NOVENA A SANTA MARÍA MADRE DE DIOS








Material elaborado para la Iglesia en Estados Unidos,  pero que es de una riqueza,  actualidad  evidente y oportuna para enfrentar la colonización de las IDEOLOGIAS que intentan imponer en todos nuestros pueblos.



INTRODUCCIÓN



Los católicos recurren instintivamente a la Madre de Dios para pedirle ayuda en tiempos de necesidad. Durante los difíciles años de persecución por parte del Imperio Romano, los cristianos rezaban el Sub Tuum Praesidium. Esta oración sencilla fue escrita en Oriente, aparentemente en Egipto, antes del año 250 D.C., y evoca la confianza de los cristianos en la Santísima Virgen:

Bajo tu amparo nos acogemos, Santa Madre de Dios; no desprecies las plegarias que te dirigimos en nuestras necesidades; antes bien, líbranos siempre de todo peligro, ¡oh Virgen gloriosa y bendita!

Esta plegaria evidencia la fe de la Iglesia en que Jesucristo es Dios y María es la Madre de Dios y madre de los discípulos de Cristo (Juan 19:25-27). La relación maternal de María con Jesús y con todos los miembros de Su Cuerpo es el cimiento de la confianza de los cristianos en la capacidad de la Madre para ayudar a sus hijos en la tierra que se encuentran en peligro.

Desde la fundación de los Estados Unidos de Norteamérica, por ejemplo,  los  obispos han expresado una gran confianza en la protección materna de María. En el año 1792, por ejemplo, el primer obispo católico del país, Monseñor John Carroll de Baltimore, eligió a la Bienaventurada Madre como Patrona de los Estados Unidos y le encomendó la nueva nación a su cuidado. El 13 de mayo de 1846, los obispos eligieron unánimemente a María, bajo el título de su Inmaculada Concepción, Patrona de esta tierra. Cuando se dedicó el Santuario Nacional de la Inmaculada Concepción de Washington D.C. en 1959, los obispos le encomendaron nuevamente el país. Bien vale leer la oración que redactaron los obispos en ese momento:

“Santísima Trinidad: Padre Nuestro en el Cielo, que elegiste a María como la más preciada de tus hijas; Espíritu Santo, que la elegiste como Tu Esposa; Dios Hijo, que elegiste a María como Tu Madre; unidos a María adoramos tu majestad y reconocemos tu señorío y autoridad supremos

Santísima Trinidad, ponemos a los Estados Unidos de Norteamérica en manos de María Inmaculada para que ella te presente el país. Por medio de ella queremos agradecerte por los muchos recursos de esta tierra y por la libertad que heredamos en ella. Por la intercesión de María, ten piedad de la Iglesia Católica en los Estados Unidos. Concédenos la paz. Ten misericordia de nuestro Presidente y todos los funcionarios de nuestro gobierno. Danos una economía fructífera que surja de la justicia y la caridad. Ten misericordia del capital y la industria y el trabajo. Protege la vida familiar de la nación. Protege el precioso don de numerosas vocaciones religiosas. Por la intercesión de nuestra Madre, ten misericordia de los enfermos, los pobres, los pecadores y quienes son tentados: de todos los necesitados.

María, Virgen Inmaculada, Madre nuestra, Patrona de nuestra Tierra, te veneramos y honramos y nos entregamos a ti. Protégenos de todo mal. Ruega por nosotros, para que actuando siempre según tu voluntad y la Voluntad de tu Divino Hijo, vivamos y muramos agradando a Dios. Amén.”

Con estos mismos sentimientos, los católicos recurrimos hoy, … a la Madre de Dios. Muchos de los valores que dieron forma a nuestro País desde sus comienzos parecen estar en peligro. Nuestro Santo Padre, el Papa Benedicto XVI, y los obispos…, han dado cuenta de la erosión de la libertad religiosa… También hay otras verdades fundamentales en riesgo: el derecho a la vida otorgado por Dios a todo niño por nacer; el valor de la virginidad hasta el matrimonio para nuestros jóvenes y la virtud de la castidad para todos; la mismísima definición del matrimonio como el vínculo indisoluble entre un varón y una mujer abierto a una nueva vida dada por Dios; y la responsabilidad de todos en el cuidado de los discapacitados y los ancianos hasta que el Señor los llame a Su presencia. Si bien hay muchos otros temas en juego, éstos solos ya señalan la necesidad de oración y discernimiento.

María, como nadie, nos ayuda a contemplar con asombro el misterio de la concepción y el nacimiento del ser humano, porque el mismo Dios fue concebido por el poder del Espíritu Santo y se gestó durante nueve meses con un amor indescriptible. María dio a luz al Dios hecho hombre y lo amamantó con su leche. Vemos en María la belleza de la virginidad, y a la misma vez, del amor esponsal y la maternidad; una maternidad que Cristo hizo extensiva a todo el género humano. A lo largo de toda su vida y particularmente cuando permaneció al pie de su Hijo en el Calvario, María cooperó en forma enteramente impar a la obra del Salvador con la obediencia, la fe, la esperanza y la ardiente caridad con el fin de restaurar la vida sobrenatural de las almas. Por eso es nuestra madre en el orden de la gracia (Lumen Gentium, Concilio Vaticano II, 61). Como tal, María es la imagen y el modelo de la Iglesia en cuanto virgen, esposa y madre. Ella nos enseña a los cristianos qué significa ser apóstol. Su paso de esta vida al Cielo fue una

Se ha expresado con justicia que hay más amor en el corazón de María que maldad en el mundo. Eso es lo que expresa el saludo del Ángel Gabriel: Alégrate, llena de gracia (Lc 1:28). María es la Mujer elegida por Dios para ser su madre y la nuestra, pero también para ser el principal enemigo humano – nemesis- del Maligno (Gen 3:15, Ap 12). Desde su lugar en el Cielo,

Pues, asunta a los cielos, no ha dejado esta misión salvadora, sino que con su múltiple intercesión continúa obteniéndonos los dones de la salvación eterna. Con su amor materno se cuida de los hermanos de su Hijo, que todavía peregrinan y hallan en peligros y ansiedad hasta que sean conducidos a la patria bienaventurada (Lumen Gentium, 62).

Esta Novena a la Madre de Dios,  nos recordará algunas verdades centrales de la fe, especialmente, la Encarnación, la pasión, muerte, resurrección del Señor y el papel único que tiene María en nuestra salvación. Será, en algún sentido, una catequesis que nos convoque a una conversión más profunda a Cristo y una vida de caridad más generosa. Con estas intenciones en mente, nos dirigimos a María

Día 1:        La Inmaculada Concepción de la Madre de Dios

Día 2:        El deseo de virginidad de María

Día 3:        La Anunciación

Día 4:        La Visitación

Día 5:        La maternidad divina de María

Día 6:        Las bodas de Caná

Día 7:        María en el Calvario

Día 8:        María y el Misterio de la Pascua

Día 9:        La Asunción de María al Cielo


 Esta oración cumplirá el mandato de San Pablo en su Primera :

“Ante todo recomiendo que se hagan plegarias, oraciones, súplicas y acciones de gracias por todos los hombres; por los reyes y por todos los constituidos en autoridad, para que podamos vivir una vida tranquila y apacible con toda piedad y dignidad. Esto es bueno y agradable a Dios, nuestro Salvador, que quiere que todos los hombres se salven y lleguen al conocimiento pleno de la verdad” (1 Tim 2:1-4).

En años venideros, la Novena puede utilizarse para preparar alguna solemnidad o fiesta mariana: María, Madre de Dios (1° de enero), la Anunciación (25 de marzo), la Visitación (31 de mayo), la Asunción (15 de agosto), Santa María Reina (22 de agosto), Nuestra Señora de los Dolores (15 de septiembre), la Presentación de María en el Templo (21 de septiembre), la Inmaculada Concepción (8 de diciembre) y Nuestra Señora de Guadalupe, Reina de las Américas (12 de diciembre). Dado su carácter próvida, a lo largo de sus nueve días de oración, esta Novena por la Nación también puede aprovecharse para preparar diversas actividades provida como la Marcha por la Vida que se lleva a cabo anualmente.

Pero adicionalmente, si está dentro de sus posibilidades, lo invitamos a que durante los nueve días de oración:

1 Asista a Misa y reciba la Santa Comunión cada día de la Novena. A través de la Eucaristía, agradezca a Dios por las abundantes bendiciones que ha dado a nuestra nación. Exprese su agradecimiento también por las bendiciones que ha recibido usted personalmente. Particularmente por las personas que ha puesto el Señor en su vida para amar.
2 Reciba el Sacramento de la Penitencia. Al prepararse para la confesión, perdone a todo el que lo haya agredido alguna vez. Deje atrás los rencores que pueda tener. Queremos estar plenamente reconciliados con Dios y con aquéllos a quienes el Señor ha puesto en nuestras vidas, a través de una sincera confesión de nuestros pecados. Invite a sus familiares y amigos a confesarse.
3 Lea la Sagrada Escritura y rece el Rosario todos los días.
4 Haga una donación o realice algún acto concreto de ayuda a personas necesitadas
5 Difunda esta Novena e invite a todos los que pueda a que se sumen.

A partir de las apariciones de nuestra Santísima Madre a Santa Catalina Labouré en 1830 en la Rue du Bac en París, se acuña la medalla de la Inmaculada Concepción conocida popularmente como la Medalla Milagrosa: María sobre un globo – que Catalina supuso era el mundo –, de cuyos brazos abiertos, en gesto de abrazo a sus hijos, emanan rayos de luz. Santa Catalina le preguntó por el significado de esa luz, a lo que la Santísima Virgen respondió: La luz es la gracia de mi hijo. Ante la preocupación de Catalina por algunos rayos que no caían a la tierra, María agregó: son gracias que se quedan sin ser concedidas porque las gentes no los piden.

Un maravilloso secreto de la oración: Cristo quiere que, para pedir su ayuda, recurramos humildemente a su madre. Esto es precisamente lo que hacemos en esta Novena a la Madre de Dios por la Nación. Cada persona que se une a estos nueve días de oración tiene sus propias necesidades. Todos debemos rezar por las intenciones de los demás. Esperamos recibir una poderosa efusión de las gracias del Cielo a través de las manos de María.

– Pbro. Frederick L. Miller, S.T.D.
Profesor de Teología Sistemática
Seminario Mount St. Mary

De la versión en inglés:

Nihil Obstat: Pbro. Gary B. Selin, S.T.D.
Profesor Adjunto de Teología
Seminario Teológico San Juan Vianney

Imprimatur:       + Robert J. Baker, S.T.D.
Obispo de Birmingham, Alabama
Birmingham, Alabama, EE.UU.

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Arrojarse en los brazos de María







 DÍA 12

Repetición de las meditaciones anteriores.

Composición de lugar. La de San Ignacio en la meditación del pecado, “considerar mi ánima ser encerrada en este cuerpo corruptible, y todo lo compósito (todo el hombre, alma y cuerpo), en este valle, desterrado entre brutos animales”.

Petición. Sentimiento de horror al mundo, que me impulse a huir de él para arrojarme en brazos de María Santísima.
Repasando en conjunto las meditaciones pasadas, cada uno se fijará en los puntos que más le han movido para volver a saborearlos, o bien en los que no le han movido para ver si le mueven ahora.

Punto I. En qué consiste el espíritu del mundo. Véase la meditación del día 2: las tres concupiscencias.

P. II. Cuán miserables son los bienes del mundo. Véase la meditación del día 3 (miserias del mundo) y 4 (muerte).

P. III. Cuántos males se siguen de entregarse a los goces del mundo. Véanse las meditaciones del juicio, del infierno y del purgatorio. Añádase si se quiere la consideración de los males que aun en esta vida traen los goces del mundo, inquietudes, remordimientos, etc.


P. IV. Bienes que se siguen de apartarse del espíritu del mundo. Véase la segunda parte de la meditación del día 3 (felicidad de la vida mariana) y las meditaciones de la gloria y la eternidad.



La Gloria del Paraíso




DÍA 11

La Gloria del Paraíso

Composición de lugar. Ver la Ciudad de Dios, como la describe San Juan (Apoc 12), iluminada por la claridad de Dios y del Cordero, semejante a las piedras preciosas, al jaspe y al cristal.

Petición. Sentimiento interno de los goces del cielo que me ponga hastío de los placeres del mundo y deseo de seguir a Nuestra Señora por el camino de la Santa Esclavitud.

Punto I. ¡La Jerusalén celestial, la ciudad de Dios, la corte divina! ¿Quién podrá entender su grandeza, riqueza y hermosura, aunque con la fantasía junte en un lugar todo lo grande, rico y hermoso que hay en este mundo? Si aun en este lugar de destierro puso Dios tantas cosas que nos parecen hermosísimas, ¿qué será aquella ciudad santa que fundó el Altísimo sólo para regalo de los que ama?
Y ¿qué será gozar de la compañía de todo lo mejor que ha habido en el mundo, tratar como amigos y hermanos a los hombres más grandes y santos que ha habido en la tierra y a los mismos ángeles? ¿Qué abrazos daremos a los santos de nuestra devoción? ¿Con qué cariño besaremos la mano de San José? ¿Qué cosas nos contará el Ángel de la Guarda de la paternal providencia con que el Señor ha enderezado toda nuestra vida?
Pero sobre todo esto, ¿qué será ver a la Reina de los Ángeles? Y ¿qué será estrecharla en nuestros brazos?... Atrevámonos a esperarlo así; que no puede negarnos este favor la que es nuestra Madre. Si tan dulce es acordarse de Ella en la oscuridad del destierro, ¿qué será estrecharla en la intimidad de la patria? Y ¿qué será cuando ella ponga en nuestros brazos a Jesús, fruto bendito de su vientre?... Y todo esto aun es nada en comparación de la dicha de ver y poseer a Dios y eternamente gozarle...

P. II. Veamos cómo la Santísima Virgen explica a su sierva la Venerable Agreda, conforme a la doctrina común de los teólogos, los goces del cuerpo y del alma en la patria celestial.
“Para que ahora, ayudada del discurso, pueda rastrear algo de la gloria de Cristo, mi Señor, de la mía, y de los Santos, discurriendo por los dotes del cuerpo glorioso, te quiero proponer la regla por donde en esto puedas pasar a los del alma. Ya sabes que éstos son visión, comprensión y fruición. Los del cuerpo son los que dejas repetidos, claridad, impasibilidad, sutilidad y agilidad.
A todos estos dotes corresponde algún aumento por cualquiera obra meritoria, que hace el que está en gracia, aunque no sea mayor que mover una pajuela por amor de Dios, y dar un jarro de agua. Por cualquiera de estas mínimas obras granjeará la criatura, para cuando sea bienaventurada, mayor claridad que la de muchos soles. Y en la impasibilidad se aleja de la corrupción humana y terrena más de lo que todas las diligencias y fuerzas de las criaturas pueden resistirla, y apartar de sí lo que las puede ofender y alterar. En la sutilidad se adelanta para ser superior a todo lo que le puede resistir, y cobra nueva virtud sobre todo lo que quiere penetrar. En el dote de la agilidad le corresponde a cualquiera obra meritoria más potencia para moverse que la tienen las aves, los vientos, y todas las criaturas activas, como el fuego y los demás elementos para caminar a sus centros naturales.
Por el aumento que se merece en estos dotes el cuerpo entenderás el que tienen los dotes del alma, a quien corresponden y de quien se derivan. Porque en la visión beatífica adquiere cualquier mérito mayor claridad y noticias de los atributos y divinas perfecciones que cuanto han alcanzado en esta vida mortal todos los doctores y sabios que ha tenido la Iglesia. También se aumenta el dote de la comprensión, o tensión del objeto divino; porque de la posesión y firmeza con que se comprende aquel Sumo e Infinito Bien se le concede al justo nueva seguridad y descanso más estimable que si poseyera todo lo precioso y rico, deseable y apetecible de las criaturas, aunque todo lo tuviera por suyo sin temer perderlo.
En el dote de la fruición, que es el tercero del alma, por el amor con que el justo hace aquella pequeñuela obra, se le concede en el cielo por premio grados de amor fruitivo excelentes: que jamás llegó a compararse con este aumento el mayor afecto que tienen los hombres en la vida a lo visible; ni el gozo que de él resulta tiene comparación con todo el que hay en la vida mortal.”

P. III. ¿Cuál es el camino para subir a esta ciudad de las eternas delicias? No hay más que uno: el que nos enseñó Jesucristo: el camino real de la santa cruz. Áspero, duro y peligroso y por todas partes difícil para quien quiere andarle solo; pero llano y suave, seguro y perfecto para quien le anda en compañía de la Virgen Nuestra Señora, entregándose a Ella para ser  siempre su esclavo. ¡Dichosa esclavitud, por la que tan fácilmente alcanzamos la libertad eterna!

Terminemos saboreando en dulce coloquio la Salve, que es el cantar de los desterrados que suspiran por el cielo.

La Eternidad





DÍA 10

Eternidad

Composición de lugar. Figurarse que la Santísima Virgen me lleva de la mano a un monte muy alto, desde donde miro todas las cosas de abajo muy pequeñas.

Petición. Sentimiento interno de la eternidad, que acabe de despegarme del espíritu del mundo para unirme a María.

Punto I. Procuremos figurarnos lo que es la eternidad para que nuestra misma imaginación se impresione con esta idea. Si cada siglo se destruyera un astro, calculemos cuántos siglos habrían de pasar para que se destruyeran todos. Si pasados todos esos millares de siglos arrastrara una hormiga un grano de arena y pasados otros tantos millares de siglos volviera a arrastrar otro grano, ¿cuántos siglos pasarían hasta arrastrar todas las arenas de una playa y aun toda la tierra del mundo? Pues, pasado todo este tiempo y mil veces más, no se habrán acabado los tormentos del infierno ni los goces del paraíso.
¿Qué locura será estimar tanto las cosas de este mundo, que tan pronto se pasan, en comparación de lo que siempre dura? ¿No tendríamos por loco al que sacrificara la felicidad de una larga vida por el goce de unos momentos? ¿No nos admiramos de Esaú, que trueca la primogenitura por un plato de lentejas?

P. II. “El tiempo es breve; la vida, en comparación de la eternidad, es nada.”
“Resta, pues, que los que tienen mujeres vivan como si no las tuvieran, los que lloran como si no lloraran, los que compran como si no poseyeran, los que usan de (las cosas de) este mundo como si no usaran (de ellas); porque la figura de este mundo pasa”; es como una comedia, que en seguida se acaba y no vale la pena de tomarlo en serio. El hombre que se acostumbra a pensar en la eternidad se ríe del interés con que toman los hombres del mundo los negocios, como se ríen las gentes formales de los juegos de los niños. ¿Qué importan todos los placeres y todos los dolores, todas las glorias y todas las afrentas del mundo miradas desde las alturas de la eternidad?
“No he nacido para las cosas de este mundo, sino para las eternas.” Con esta máxima templó su alma heroica el Benjamín de María, San Estanislao. Con esta idea se forman todos los hombres espirituales y por eso reflejan en toda su vida no sé qué del otro mundo que les hace aparecer como ángeles, con la serenidad imperturbable de quien aquí nada teme y nada espera, mansamente enérgicos y constantes, con la majestad propia de los hijos de Dios.

P. III. La Virgen Santísima tiene en sus manos las llaves de la eternidad, como esposa y madre del Rey inmortal de los siglos. ¿Quién, al contemplarla llena de tanta majestad, no tiene por gran gloria ser esclavo? ¿Quién no se ofrece gustoso a su servicio, sabiendo que es eterno su reinado y quien se una a Ella no puede perecer? “Los que me hallaren hallarán la vida y los que me ilustraren tendrán vida eterna”.


La esclavitud de María, desatándonos de todas las cosas del mundo, imprimirá en nuestra alma ese sello de grandeza propio de los hombres de la eternidad.

El Purgatorio




DÍA 9

El Purgatorio

Composición de lugar. Una inmensa caverna llena de llamas, las almas como en cuerpos de fuego; la Virgen Nuestra Señora, dándoles la mano para salir.

Petición. Temor de la Justicia Divina, que nos despoje de los resabios del espíritu del mundo, para entregarnos del todo a la Santísima Virgen.

Punto I. Acerca del purgatorio, la fe sólo nos dice que existe este lugar de expiación para las almas que han muerto en gracia, sin satisfacer toda la pena debida a sus pecados y que estas almas pueden ser aliviadas de sus penas por los sufragios de los fieles y sobre todo por el aceptable sacrificio del Altar. Los teólogos dicen también que en este lugar hay fuego, aunque es lo más probable que no todas las almas pasan por él; y convienen a lo menos en que hay penas en el purgatorio más terribles que todas las de este mundo. Varios Santos Padres aseguran que son mayores estas penas que todos los tormentos de los mártires juntos; y muchos teólogos, y tan autorizados como Santo Tomás y Escoto, llegan a decir que la más pequeña pena del purgatorio es mayor que todas las del mundo. Y aunque esto último no sea más que probable, ¿no es locura exponerse a la probabilidad de pasar por tales penas por faltas que tan fácilmente pudiéramos evitar? ¿Cometeríamos esas faltillas si fuera probable que por ellas nos hubiera de salir un cáncer u otra dolorosa enfermedad?
Cuánto durarán estas penas no lo sabemos; muchas revelaciones particulares (tan bien comprobadas algunas que no parece se puede acerca de ellas dudar) inducen a creer que por leves faltas se padece largo purgatorio.
Y dado que no pasemos por la pena de fuego, harto terrible es la de daño, aunque ahora no acertemos a entenderla. Santa Teresa, que había padecido tantas enfermedades, decía que todas ellas no eran comparables con la pena, que sentía aun en este mundo, por la ausencia de Dios. Pues, ¿qué será la que allá sientan aquellas almas, cuando, alejadas ya de todo cuanto en la vida podía distraerlas, concentran en Dios todos sus anhelos; con ese ímpetu terrible que tiene la voluntad humana cuando se lanza en alas de la pasión; con esa fuerza que tantas veces la arrastra en este mundo a la desesperación y al suicidio?
¡Ay, cuánto hemos de llorar la pereza que ahora sentimos en romper las cadenas, o las redecillas, con que el mundo nos ata las alas del alma para que no volemos a ese sumo y único bien! ¡Oh Señora queridísima, rompednos esas cadenas!

P. II. La Santa Esclavitud alivia sobremanera las llamas del purgatorio. Primero alivia las penas de nuestros prójimos, porque al poner nosotros en manos de la Santísima Virgen nuestros tesoros espirituales Ella los distribuye entre aquellas almas, tal vez ligadas a nosotros por sagrados vínculos. Después aliviará también nuestras penas porque no podrá menos de pagarnos bien Nuestra Señora la generosidad con que nos hemos despojado de todas nuestras satisfacciones para enriquecerla a Ella.
Por otra parte, esta perfecta consagración a Jesús por María nos obliga a vivir con más cautela, como quien vive en presencia de nuestra Señora, nos estimula a hacer mejor nuestras obras, como quien las hace por Ella, nos libra de multitud de faltas, de las que tal vez no hacíamos antes caso; y así por varios modos se disminuye la leña, la paja y el heno de que se ceban aquellas llamas purificadoras.

Preparemos, pues, ahora nuestras almas a una consagración verdadera y completa, purificándolas de todas sus manchas para que sean templo de María Inmaculada; y si esto hacemos, poco encontrará que purificar en ellas la Divina Justicia con el fuego del purgatorio.


Y “tú, inmaculadísima morada de la luz, arroja pronto las tinieblas de mi alma”. (San José Himnógrafo.)