16_12_20

Penas interiores





DÍA 8

Infierno. – Penas interiores

Composición de lugar. “Ver con la vista de la imaginación la longura, anchura y profundidad del Infierno”.
Y verme a mí mismo resbalando hacia él y la Virgen Santísima dándome la mano para que no caiga.

Petición. “Interno sentimiento de la pena que padecen los dañados, para que, si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, a lo menos el temor me ayude para no venir en pecado.”

Punto I. Recordemos brevemente los tormentos que considerábamos en la meditación anterior y reflexionemos lo que todos ellos juntos irritarán la sensibilidad del infeliz condenado, teniendo en cuenta los efectos que en este mundo producen en las almas enfermedades y tormentos, que no son ni sombra de los de allá. ¿Qué efecto hará todo esto en la imaginación del condenado? Tal es la fuerza de esta facultad, que muchas veces duplica las enfermedades y llega hasta producir la muerte. ¿Qué hará en el infierno esta “loca de la casa”, ya no exaltada por vanas aprensiones, sino por la terrible y desesperante realidad? ¿Qué hará todo el ejército de las pasiones, revuelto y desenfrenado, si aun en este mundo desgarra muchas veces el alma con desesperaciones y odios infernales?
La memoria del prófugo esclavo de María recordará los días apacibles que en el mundo pasó bajo la mirada de amor de tan dulce Señora, la ingratitud con que abandonó su devoción, las personas conocidas suyas que, por haber sido fieles a Ella, gozan de su presencia en el cielo. Discurrirá su entendimiento sobre la facilidad con que pudo salvarse, y la irremediable desgracia en que se ve; la voluntad estallará en odio salvaje contra la más amable de las criaturas, querrá, como perro rabioso, despedazar con sus dientes el rosario y el escapulario, que eran en otro tiempo su consuelo y su esperanza, y su lengua vomitará las más impuras blasfemias contra la Reina de los Ángeles. ¡Madre mía!, y ¿será posible que algún día llegue a blasfemar de ti un hijo que tanto te quiere?

P. II. La más terrible de las penas es la de daño. Acá no acertamos a entenderla; pero a los corazones nobles y delicados les puede dar de ella alguna idea aquella eterna despedida que da el condenado, en el día del Juicio, a todos los que en algún tiempo amaba, semejante a un pobre náufrago que tiende sus brazos hacia la playa de donde una ola le arrebata para siempre. Pero el dolor de apartarse de todas las criaturas no valdrá entonces nada comparado con el sentimiento de apartarse de Dios. Hay que entender la fuerza que tiene la voluntad humana cuando concentra todas sus energías en un solo objeto, al que no puede unirse nunca. ¡Cuántos crímenes cometen los hombres arrebatados por una pasión que no pueden satisfacer! Pues si las prendas de una criatura pueden de tal manera arrebatar el corazón, que le arrastren a la desesperación extrema, cuando con ella no puede unirse, ¿qué será la infinita hermosura y perfección de Dios cuando el entendimiento la conozca, libre de los obstáculos que en esta vida le entenebrecen?
¡Oh Hermosura infinita y Amor de los Amores! Quiero ser siempre esclavo de María, para que Ella no me deje nunca apartarme de ti.


P. III. Triste experiencia nos ha enseñado que puede apartarse de Dios un alma que por algún tiempo la amó; y que si en ella no ha echado hondas raíces la devoción a Nuestra Señora puede también perderla y perder con ella la última tabla de salvación en el naufragio. San Ignacio enseña que “del amor del Señor Eterno me puedo olvidar por mis faltas”. Las faltas plenamente deliberadas me arrastrarán fácilmente por el resbaladero de la tibieza al abismo del pecado.

 Pues para no resbalar necesito asirme bien del manto de Nuestra Señora. Repetiré, por tanto, mil y mil veces: “¡No me dejes, Madre mía!” Pero sobre todo procuraré no dejarla yo a Ella; seguir como fiel esclavo todas las inspiraciones con que me convide a alejarme del mundo para acercarme a Ella.

El infierno.




DÍA 7

El infierno. – Penas de sentido

Composición de lugar. “Ver con la vista de la imaginación la longura, anchura y profundidad del Infierno”.
Y verme a mí mismo resbalando hacia él y la Virgen Santísima dándome la mano para que no caiga.

Petición. “Interno sentimiento de la pena que padecen los dañados, para que, si del amor del Señor eterno me olvidare por mis faltas, a lo menos el temor me ayude para no venir en pecado.”

Punto I. “Ver con la vista de la imaginación los grandes fuegos y las ánimas como en cuerpos ígneos.”
Si nos consta que algunas personas han perdido el sentido y aun muerto de espanto con la vista o imaginación de algunas cosas temerosas, y a veces la sospecha sola de ellas nos hace erizar los cabellos y temblar, ¿qué será el temor de aquel lago tenebroso, lleno de horribles y espantosas quimeras? Especialmente si consideramos cuán horrible sea la figura del demonio, pues por tan terribles semejanzas nos la representa el mismo Dios en las Escrituras Sagradas: “Alrededor de sus dientes está el temor: su cuerpo es como un escudo de acero, cubierto de escamas...; su estruendo es un resplandor de fuego, y sus ojos bermejean como los arreboles de la mañana. De su boca salen hachas como de teas encendidas, y de sus narices sale humo como de una olla que hierve. Con su resuello hace arder las brasas y llamas que salen de su boca.” (Job.)

P. II. “El segundo, oír con las orejas llantos, alaridos, voces, blasfemias contra Cristo Nuestro Señor y contra todos sus santos.”
“Imagínate que pasases por un valle muy hondo, el cual estuviese lleno de una infinita muchedumbre de cautivos, heridos y enfermos, y que todos ellos estuviesen dando gritos y voces, cada uno de su manera... ¿Qué galera hay en este mundo que de tantos renegados y forzados esté poblada?”

P. III. “El tercero, oler con el olfato humo, piedra azufre, sentina y cosas pútridas.”
“Para sentir algo esta pena, párate a considerar aquel tan horrible género de tormento que un tirano cruelísimo inventó para ajusticiar a los hombres, el cual, tomando un cuerpo muerto, mandábalo tender sobre un vivo, y atando muy fuertemente al vivo con el muerto dejábalos estar así juntos hasta que el muerto matase al vivo con la hediondez y gusanos que de él salían. Pues si te parece muy horrible este tormento, ¿qué tal será aquel que procederá del hedor de todos los cuerpos de los condenados?”

P. IV. “El cuarto, gustar con el gusto cosas amargas, así como lágrimas, tristeza y el verme gusano de la conciencia.”
“Ni tampoco faltará a la lengua, ni al gusto regalado su tormento; pues leemos en el Evangelio la sed que padecía aquel rico goloso entre las llamas de sus tormentos y las voces que daba al Santo Patriarca (Luc 26) pidiéndole una sola gota de agua para refrescar la lengua, que tenía tan abrasada.”

P. V. “El quinto, tocar con el tacto, es a saber, como los fuegos tocan y abrasan las ánimas.”
“Es fuego de tan grande ardor y eficacia, que (según dice San Agustín) este nuestro de acá es como pintado si se compara con él. Este fuego atormentará no solamente los cuerpos, sino también las ánimas... Con esta pena se juntará otra contraria a ella, que será un horrible frío, que con ninguno de los nuestros se puede comparar... Y no solamente les atormentará el frío y el fuego, sino también los mismos demonios.”


“Haciendo un coloquio a Cristo Nuestro Señor, traer a la memoria las ánimas que están en el infierno..., y con esto darle gracias porque no me ha dejado caer.”
Y ningún coloquio a Jesucristo será más a propósito para nuestro fin que la preciosa oración que está al fin de El Secreto de María, en que San Luis María le da gracias por la merced que le ha hecho con la Santa Esclavitud, librándole del infierno.



Nota. – Las personas ya acostumbradas a la práctica interior de la Santa Esclavitud es fácil, que al repetir estas meditaciones no puedan sentir los efectos de temor que en ellas se indican, sino mucha paz, por hallarse seguras en brazos de María. Déjense, pues, llevar del afecto de amor y de confianza en esta buena Madre y de celo por salvar las pobres almas que caen en el infierno, porque no la conocen.

El Juicio Universal






DÍA 6

El Juicio Universal

Composición de lugar. La escena del Juicio, como se representa en un famoso fresco de Miguel Ángel. En el plano superior está Jesucristo, que con además terrible precipita en el infierno a los condenados. En el segundo plano está María Santísima, que, al ver la cólera de su Hijo, parece decir: Ya no hay remedio. Y sin interponerse entre él y los pecadores, queda detrás, inmóvil.

Petición. Terror de la Divina Justicia y sentimiento de la vanidad del mundo, que me obliguen a arrojarme a los pies de Nuestra Señora, para ser siempre su esclavo.

Punto I. Los preparativos.
“¡Día de ira el día aquel que deshará en cenizas todo el siglo!”. “El sol se oscurecerá y la luna no dará su resplandor y las estrellas caerán del cielo; y en la tierra habrá angustia de las gentes por la confusión del sonido del mar y de las olas, secándose los hombres a causa del temor y expectación de las cosas, que sobrevendrán a la redondez de la tierra: porque las virtudes del cielo se conmoverán. Y entonces se mostrará la señal del Hijo del Hombre (la santa cruz) en el cielo, y entonces se lamentarán todas las tribus de la tierra. Y entonces verán al Hijo del Hombre venir sobre las nubes del cielo con grande poder, gloria y majestad. Y enviará sus ángeles con gran voz de trompeta, y juntarán sus escogidos de los cuatro vientos, de un cabo del cielo al otro...”
“El cielo y la tierra pasarán, pero mis palabras no pasarán... Mas el día y la hora nadie lo sabe... Mas como en los días de Noé así será la venida del Hijo del Hombre; porque como en los días antes del diluvio estaban comiendo y bebiendo, casándose, etc., y no conocieron hasta que vino el diluvio y se los llevó a todos, así será también la venida del Hijo del Hombre. Entonces estarán dos en un campo, el uno será tomado y el otro será dejado; dos mujeres moliendo en un molino, la una será tomada y la otra dejada. Mirad, pues; velad y orad, porque no sabéis cuándo será el tiempo, ni a qué hora ha de venir vuestro Señor. Y mirad por vosotros, que vuestros corazones no se carguen de glotonería y embriaguez y de los cuidados de esta vida y venga de repente sobre vosotros aquel día. Porque como un lazo vendrá sobre todos los que habitan sobre la faz de la tierra.”
Empapemos nuestra alma en el santo temor que en ella despiertan estas enseñanzas recogidas por los Evangelistas en los labios del mismo Cristo Señor nuestro. Veamos en qué han de parar todas las cosas del mundo y cuán poco se ha de amar, si se ha de temer lo que tan pronto se ha de acabar. Renunciemos como esclavos de María a todas las pompas y vanidades del siglo, y estaremos siempre preparados para la venida del Juez Eterno.

P. II. El juicio. - ¡Qué vergüenza para mí si ahora mismo se manifestaran todos los pecados de mi vida en forma de asquerosa lepra que cubriera mi cuerpo!... Pues aquel día todos los hombres del mundo los podrán leer en mi conciencia. Y verán mis ingratitudes al comparar mis pecados con las gracias que de Dios he recibido. “Los varones de Nínive se levantarán en juicio contra esta generación, y la condenarán, porque ellos hicieron penitencia cuando le spredicó Jonás y algo más que un Jonás hay aquí.”
“¡Ay de ti, Corozaín, ay de ti, Betsaida, porque si en Tiro y en Sidón se hubieran hecho los milagros que en vosotros, hubieran hecho penitencia!” Estas amenazas de Jesucristo a los pueblos que diariamente escuchaban su doctrina caen de lleno sobre mí. ¡Ay de ti, alma favorecida de Dios con tantas gracias, y singularmente protegida por la Reina del Cielo! Los gentiles y los herejes se levantarán contra ti y te condenarán. Ellos no tuvieron madre que les llevara de la mano por el camino del cielo. ¿Qué extraño que erraran y que desfallecieran? Pero tú, que conocías las bondades de nuestra Madre cariñosa, y voluntariamente te arrancaste de su mano, porque quería suavemente alejarte de los peligrosos goces del mundo, ¿qué excusa podrás entonces alegar?
Pero el verdadero esclavo de María, que no dejó de la mano a su Madre y la siguió por el camino de la cruz, ¡qué alegre la verá entonces triunfando majestuosa entre las nubes, y se acercará a Ella para que la presente a su Hijo! “Los que en la vida se conformaron al Crucificado (y a la Reina de los dolores) Se acercarán a Cristo Juez con grande confianza.” (Kempis.)

P. III. La sentencia. –“Al que me confesare delante de los hombres (dice Jesucristo) yo le confesaré delante de mi Padre Celestial; y del que se avergonzare de mí yo también me avergonzaré.” ¡Ay de ti si te avergüenzas de seguir francamente la senda de la virtud, por temor a lo que dirán los mundanos! Duro te será algunas veces despreciar los respetos humanos; pero más duro ha de ser oír aquel día el terrible: “Id, malditos, al fuego eterno.”


¿Qué será ver entonces la mirada amenazadora de Cristo? ¿Qué será ver a la Santísima Virgen (cual la tenemos descrita en la composición de lugar), que contemplando la ira de su Divino Hijo parece decir: Nada hay que le pueda doblegar; ni satisfacción, ni misericordia, ni ruegos. “Lo que mejor expresa las angustias de este último día no es pensar que el mundo se arruina, ni que Dios está airado, es recordar que la dulce voz de María no se hace oír más en favor de los pecadores, y que, aunque quisiera hablar, no se la escucharía.” (Augusto Nicolás.)

El juicio particular




DÍA 5

El juicio particular

Composición de lugar. Mi cuerpo, en el lecho de muerte, poco después de expirar; y mi alma ante la presencia de Jesucristo Juez.

Petición. Temor del juicio de Dios, que me aparte de los vanos temores del mundo y me sujete más a la Santa Esclavitud de María.

Punto I. Terrible es caer en las manos de Dios vivo para ser juzgado por el Juez que todo lo sabe y todo lo puede, en quien no cabe engaño, ni injusticia ni misericordia tampoco, después que el tiempo de la misericordia pase. Terrible ser juzgado por Jesucristo, Señor nuestro, el que tanto nos ha amado y a quien hemos ofendido tanto. ¿Qué le responderemos cuando nos muestre sus llagas y nos diga: mira lo que yo hice por ti, y responde lo que has hecho por mí?
Aumentará el terror, sobre todo nuestra propia conciencia, en la que se reflejan como en un espejo todos los pecados de la vida.
“La Virgen Santísima en aquella hora no se entremete en este juicio, porque en saliendo el alma del cuerpo se cierra la puerta de la intercesión y del perdón, y se abre la de la justicia rigurosa.” (P. La Puente.) Y ¿qué será de mí si mi única abogada me falta?... Pero no me faltará si soy su esclavo, porque antes del juicio me habrá ella misma presentado al supremo Juez, haciendo constar que soy todo suyo; y entonces me presentará ante la Divina Majestad con grande confianza; aunque también con grande vergüenza y confusión de no haber cumplido mejor con los deberes que la santa Esclavitud me impone.

P. II. ¡Temerosa será la cuenta! ¡Riguroso el examen! Todas las obras, palabras y pensamientos de la vida; todos los beneficios recibidos de Dios, puestos en balanza con lo que hemos hecho para corresponder a ellos; las almas encomendadas a nuestro cuidado que se han perdido por nuestra negligencia (examinen aquí cómo cumplen con sus deberes los sacerdotes, los padres, los maestros, los amos, etc.); las empresas de la gloria de Dios que se han frustrado por nuestro egoísmo; el daño que hemos hecho al bien de la Iglesia y de las almas con las pequeñeces de nuestras pasioncillas indómitas. ¿Quién no temblará por tantos pecados ajenos de que tal vez ha sido causa, aun suponiendo que no tengan mucho que temblar por los propios?
Mas el alma fiel a la práctica interna de la Santa Esclavitud no tiene motivo para estos temores. ¡Ella sí que ha aprovechado bien su tiempo viviendo en compañía de su Señora! La presencia habitual de María le habrá hecho caer en la cuenta de lo que en cada instante debía hacer para la gloria de Dios; le habrá dado luz para conocer sus faltas más ocultas y gracia para irlas enmendando y para dominar sus pasiones, de modo que nunca haga daño a sus prójimos. Sus buenas obras, por imperfectas que en sí sean, tienen, a los menos, no sé qué realce y brillo, no sé qué agradable perfume para Dios, por haber pasado por las manos de María, su queridísima Madre y Esposa. Y por pobre y miserable que a los ojos de Dios se encuentre el esclavo de María, siempre tiene confianza en que los méritos de su Señora serán su suplemento. Esta idea de San Luis María alentaba al gran León XIII momentos antes de morir.

P. III. La sentencia ¿cuál será? ¿De salvación o de condenación? Si de alguna manera he permanecido fiel a la consagración a la Santísima Virgen (aunque no sea con la perfección que en el punto anterior decíamos), de esperar es que mi sentencia será de salvación, por más que mis faltas me expongan a largo y terrible purgatorio. Pero si del todo me he olvidado de que soy esclavo de María, y dejando sus dulces cadenas he vuelto a enredarme en la esclavitud del mundo y del pecado, entonces, ¡ay de mí!, ¿qué puedo esperar?
“Cuidado con cruzarse de brazos, sin trabajar; que mi secreto (es decir, la misma Santa Esclavitud), se convertirá en veneno y vendrá a ser tu condenación.” (Secreto de María.)

No será así, Señora mía, que yo espero con vuestra gracia aprovecharme bien de este tesoro.
“Abridme el Corazón de vuestro Hijo misericordioso. Reformad mi vida tan miserable, para que apoyado en vuestra intercesión comparezca inocente ante el Juez, cuya benevolencia me conciliaréis, y evite así los castigos con que atormenta a los impíos.” (San Efrén.)


La muerte de los esclavos





DÍA 4

La muerte de los esclavos del mundo y la muerte de los esclavos de María


Composición de Lugar. Verme a mí mismo en el lecho de muerte, momentos antes de expirar, besando por última vez el rosario o el escapulario.

Petición. Que se despegue mi alma de todas las aficiones de la tierra y sienta cuán bien le está dejarlas todas para entregarse a María Santísima.

Punto I. Es cierto que hemos de morir, como nos lo dicen todos los que delante de nosotros van cayendo, como caen las hojas de los árboles en otoño. Lo que no sabemos es cuándo llegará la hora en que este viento de la muerte nos arrebate.
¡Terrible pensamiento es éste para quien en las cosas del mundo tiene puesta su afición! Recordemos aquella parábola del Evangelio (Lc 12,20).
“El campo de un hombre rico dio abundante fruto. Y pensaba él entre sí diciendo: ¿Qué haré que no tengo dónde juntar mis frutos? Destruiré mis paneras y las haré mayores; y allí reuniré todo lo que ha nacido para mí y mis bienes. Y diré a mi alma: alma, ya tienes bienes para muchos años: descansa, come, bebe, banquetea. Pero Dios le dijo: necio, esta noche te arrancarán el alma. Lo que allegaste ¿de quién será...? Así acaece a quien atesora para sí y no es rico delante de Dios.”
Y no menos al que está apegado a las honras y a los amores del mundo. Y no sólo para el pecador, que anda encenagado en sucios deleites, sino aun para el cristiano honrado y piadoso, pero excesivamente aficionado a las comodidades y placeres lícitos y aun a los santos amores de su hogar; porque, como dice San Gregorio, “no se deja sin dolor lo que con amor se posee”. “Espantoso es este pensamiento (dice el P. Grou) para todos los que sirven a Dios  por espíritu de interés, que cuidan de su salvación sólo por lo que les importa a ellos, que piensan más en la justicia de Dios que en su misericordia.” En general, es aflictivo para cualquiera que no esté completamente desatado de todas las cosas de la tierra con la práctica de un continuo morir a sí mismo.
Y más aún que por este apartamiento de todas las cosas amadas, es la muerte muy terrible por la incertidumbre de la suerte que tras ella nos espera. ¡Oh!, si como hay seguros contra incendios y naufragios hubiera verdaderos seguros del alma para después de la muerte, que de tal modo pudieran asegurarnos que nos quitaran todo temor, ¡con qué ansia debiéramos asirnos de ellos por mucho dinero que hubiera que pagar!

P. II. Pues hay un verdadero seguro del alma contra la muerte, y es la Santa Esclavitud de María.
La Santa Esclavitud, bien entendida, es un continuo morir a sí mismo. El esclavo de María no tiene que apartarse al morir de los bienes de la tierra, porque ya mucho antes ha renunciado a todos y los ha dejado en manos de su Señora. Lejos de él han de estar todas las aficiones pecaminosas; y las aficiones lícitas, dominadas por el amor de su Reina, ante el cual desaparecen todos los cariños terrenos. La muerte no es otra cosa para él que un pasaporte para entrar libremente en el palacio y en el reino de la Señora a quien ha entregado su corazón y en cuyas manos ha puesto todo su tesoro. ¿Cómo temer la muerte el siervo de María? Al contrario, ¿cómo no desearla?
Pero ¿y aquel “después”, que aun a los santos tanto aterra al acercarse la última hora?

P. III. El esclavo de María no tiene por qué temerlo. Está en manos de su Señora, lo mismo que un niño en las de su madre. Y una madre, y tal madre, ¿le dejará caer de sus brazos por impotencia o por desamor? Nadie deja que se pierda una cosa que es propiedad suya, aunque sea un vil animalejo, y ¿va a dejar Nuestra Señora que se pierda un alma, redimida con la sangre de su Hijo, cuando se ha entrado por sus puertas, declarando ser toda propiedad suya?
La devoción a Nuestra Señora es señal de predestinación más o menos probable, según su grado, moralmente cierta a lo menos en su grado sumo, que es la perfecta consagración o esclavitud. ¿De quién sino del verdadero esclavo de María se han de entender las autoridades de los Santos Padres y de los Doctores, que acerca de este punto son tan claras? Si es prenda de salvación llevar el cuerpo vestido con la librea de María, ¿qué será tener el alma vestida de María y compenetrada de María, como deben tenerla sus esclavos? Si tanto vale consagrarla algunos momentos del día rezándola algunas oraciones, ¿qué será consagrarla todo el tiempo y vivir habitualmente en su compañía? “Servir a María, dice Pelbarto, citado y aprobado por San Ligorio, es la Señal más cierta de que se llegará a la eterna salvación.”
Confiemos, pues, en Nuestra Señora.


“Esta es la devoción con que se ponen en seguro las gracias, méritos y virtudes,  haciendo depositaria de ellas a María y diciéndola: Toma, querida dueña mía: he aquí lo que con la gracia de tu querido Hijo he hecho de bueno; por mi debilidad e inconstancia, por el gran número y malicia de los enemigos, que día y noche me acometen, no soy capaz de guardarlo. ¡Ay que todos los días estamos viendo caer en el lodo los cedros del Líbano, y venir a parar en aves nocturnas las águilas, que se levantan hasta el sol! Así mil justos caen a mi izquierda y a mi diestra diez mil; pero tú, mi poderosa y más que poderosa Princesa, tenme que no caiga; guarda todos mis bienes que no me los roben; te confío en depósito todos mis bienes. Depositum custodi; scio cui credidi. Bien sé quién eres; por eso me fío por completo de ti. Tú eres fiel a Dios y a los hombres y no permitirás que perezca nada de cuanto a ti se confía; eres poderosa y nadie podrá dañarte, ni arrebatarte de entre las manos lo que tienes.” (Secreto de María.)

La vida del mundo y la vida mariana





DÍA 3

La vida del mundo y la vida mariana


Composición de lugar. Mirarme a los pies de la Divina Pastora, como una oveja cansada y herida, que no quiere apartarse ya del redil.

Petición. Conocimiento de cuán poco valen los bienes del mundo y cuánto me importa dejarlos para vivir con María.

Punto I. Los bienes del mundo son todos muy breves, pues por largos que sean no pueden ser más largos que nuestra vida, y nuestra vida es muy corta si se compara con la eternidad. ¡Y si al menos duraran cuanto dura la vida! Pero son tan tornadizos y falaces como la experiencia de todos los días nos lo declara. Pues ¿cuántos de la cumbre del honor ruedan a los abismos de la deshonra? ¿Cuántos que abundan en riquezas en su juventud piden limosna en su vejez? ¿Cuántas arraigadas amistades se olvidan con la ausencia y con la muerte? ¿Cuántos vehementísimos amores se tornan odios inextinguibles?
En cambio, el amor de María, de su parte, es eterno; que no nos deja mientras no la queramos dejar nosotros; y aunque la dejemos y la olvidemos mil veces, otras mil volverá a abrirnos sus puertas y a tendernos sus brazos de Madre si nos acercamos a ella. Las riquezas de la gracia que en su servicio ganamos sólo con el pecado mortal pueden perderse, pero recobrada la gracia tornan a recobrarse, y si las conservamos, en el momento de la muerte nos darán eterna gloria y alegría. ¡Oh Señora nuestra bondadosísima! ¿Quién que tenga seso no querrá dejar bienes tan breves y falaces para entrar de veras a servir en tu casa?

P. II. Los bienes de la tierra, como de tierra que son, ensucian, empequeñecen y degradan a nuestra alma espiritual, grande y hermosa, como hija de Dios y nacida para el cielo.
El amor de estos bienes terrenales nos arrastra a cometer multitud de pecados, veniales a lo menos; que no por ser manchas pequeñas deja de poner el alma llena de inmundicias. Cuanto más nos aficionemos a las cosas del mundo, aun a las lícitas e indiferentes, más nos empequeñecemos y degradamos, más esclavos nos sentimos de nuestras pasiones, que tantas veces turban la paz interna, entenebrecen el juicio y encadenan la voluntad.
“Más diferencia hay entre el alma y las demás criaturas corporales que entre un muy caro licor y un cieno muy sucio. De donde así como se ensuciara el tal licor, si le juntara con el cieno, de esta misma manera se ensucia el alma que se ase a la criatura por afición, pues en ella se hace su semejante; y de la manera que pararían los rasgos de tizne en un rostro muy acabado, de esa misma manera afean y ensucian los apetitos desordenados al alma que los tiene; la cual en sí es una hermosísima acabada imagen de Dios.” (San Juan de la Cruz.)
Pobre alma, princesa del cielo, que pasas la vida en un lodazal, cubierta de inmundicias, levanta a tu Señora los ojos, que su amor puede limpiarte y redimirte. Si no aciertas a levantarte a Dios, hermosura infinita para la que has nacido y única que puede llenar tu corazón; si su amor te parece muy espiritual y muy seco para que pueda suplir al de los ídolos que adoras; si tus ojos de topo no pueden resistir la vista del sol porque están acostumbrados a sumergirse en la tierra, acostúmbralos primero a la claridad de la luna y a la templada luz de la Aurora, purifícalos mirando a María, la Reina de los Ángeles.
“Limpia, Señora, con las gotas de Sangre del Corazón de tu Hijo las inmundicias de mis aficiones, y las pésimas manchas de mi corazón; limpia mi fealdad; tú que siempre despides rayos de pureza.” (San José Himnógrafo.)

P. III. Los bienes de la tierra cansan el alma y atormentan al espíritu.
“Cánsase y fatígase el alma que tiene apetitos, porque es como el enfermo de calentura, que no se halla bien hasta que se le quite la fiebre y cada rato le crece la sed; porque como se dice en el libro de Job: Cuando hubiérese satisfecho el apetito quedará más apretado y agravado... Y cánsase y aflígese el alma con sus apetitos, porque es herida y movida y turbada de ellos como el agua de los vientos; y de esa misma manera la alborotan sin dejarla sosegar en un lugar y en una cosa.” (San Juan de la Cruz.)
Así que toda la miel de los goces mundanos viene a convertirse en acíbar, y cuanto más se saborean, más hastío se siente. Dígalo el Sabio, que después de probar de todos los gustos y honores hubo de escribir que “todo es vanidad de vanidades y aflicción de espíritu”.
En cambio, el amar a la Virgen Nuestra Señora y el entregarse del todo a Ella, y el vivir siempre en su compañía como fiel esclavo, trae al alma una paz y un descanso que sólo quien lo siente puede entenderlo, y un contento tan grande, que todos los regalos del mundo no son nada en su comparación. Los mismos sufrimientos y humillaciones, que son fruta tan amarga, se hacen dulces (como dice San Luis María) con este almíbar de la devoción de Nuestra Señora.


¡Oh Señora mía! ¡Cuándo romperé las cadenas de la esclavitud en que ponen mi alma los menguados bienes del mundo para gozar de la dichosa libertad de tus esclavos! Solve vincla reis.

Espíritu del mundo




 DÍA 2

Espíritu Del Mundo

Composición de lugar. Vernos navegando en un mar alborotado y hediondo, con los ojos fijos en la estrella del Norte, María.

Petición. Conocer y detestar el espíritu del mundi, que vive en nosotros, para vaciarnos de él por completo.
El espíritu del mundo es todo lo contrario de la Santa Esclavitud, que nos impone nuestro fin, y que nosotros queremos abrazar de la manera más perfecta al entregarnos como esclavos a Nuestra Señora. San Juan lo define diciendo que es concupiscentia carnis, concupiscentia oculorum, et superbia vitae. Meditemos sobre estas palabras.

Punto I. Concupiscencia de la carne: es decir, deseo de goces sensuales, de todo cuanto dé gusto al cuerpo: en eso cifran su felicidad los infelices mundanos.
¡Cuánto nos aparta de nuestro fin esta inmunda concupiscencia, por la cual no sólo el alma, sino también el cuerpo sacude el yugo de la Santa Esclavitud! ¡Por criaturas tan viles, por pasiones tan sucias, por deleites tan breves, nos apartamos de los eternos amores, de los dulcísimos abrazos de Dios nuestro Criador, nuestro Señor y nuestro Padre!
Pero es tan difícil librarse de esta concupiscencia... ¡Cuántos se hunden en ese mar de cieno! Yo mismo, si no estoy hundido en el profundo, ¿no resbalo muchas veces hasta el borde del abismo? ¿Tengo la voluntad tan sujeta a la ley que en nada prohibido quiera dar gusto a la carne? Si esto ya he conseguido, todavía la esclavitud a que mi fin me sujeta, me induce a no dar gusto a este enemigo de mi alma, ni aun en lo lícito, si no es en caso de que sea lo más conveniente para alabanza y servicio de Dios.
Duro es esto, pero necesario para vestir la librea de esclavo de María; pues su virtud característica es la castidad (por eso la llamamos por excelencia la Virgen), y la castidad debe ser también el distintivo de sus esclavos y de sus hijos, y esa hermosa virtud no se alcanza sin la templanza y la mortificación, aun en las cosas lícitas. Pero no nos desanimemos: todo será para nosotros suave, si nos acostumbramos a vivir por María y con María. Cuando algo nos cueste, levantemos los ojos a mirarla, y luego nos parecerá fácil.

P. II. Codicia de los ojos: amor de las riquezas y comodidades, de los mezquinos bienes de la tierra, del barro de este mundo, que no puede alimentar nuestra alma inmortal y para Dios nacida.
El que se hace esclavo de esta concupiscencia tirana forzosamente se aparta de Dios: porque, como dice Jesucristo: Ningún siervo puede servir a dos señores; porque odiará al uno y al otro amará, o porque se unirá al uno y despreciará al otro. No podéis servir a Dios y al dinero. (Lc 16, 13)
¿Pago yo algún tributo a esa vil concupiscencia? ¡Lejos de mí el amor de los míseros bienes del mundo! ¡Todos mis tesoros a los pies de mi reina María! Hasta mis riquezas espirituales van a ser suyas, ¡cuánto más las temporales! ¿Cómo podría ser esclavo teniendo propiedad, y ser de la Reina del Cielo, teniendo el corazón pegado a la tierra? Tal vez, aun después de haber dejado las riquezas, conservo el corazón pegado a ciertas pequeñas comodidades. ¡Triste cosa que esos hilillos nos aten las alas para no poder volar a Dios! Si no tenemos cadenas tampoco tenemos libertad, y nuestra prisión es tanto más vergonzosa cuanto más fácil de romper. Pero luego romperemos esas ataduras, si nos arrastra la suave cadena de la esclavitud de María.

P. III. Soberbia de la vida: es el sello del espíritu del mundo, que lleva la marca de su padre, el gran soberbio Lucifer; es el sello especialmente del espíritu de nuestro siglo de libertad e independencia, que repite como el ángel caído: Non serviam; no quiero ser esclavo ni de Dios.
¡Cuán difícil es preservarnos del contagio de esta peste que por todas partes se respira! Si tal vez nos creemos libres de ella, ésa será la mejor prueba de que estamos muy inficionados. Examinemos una y mil veces los motivos de nuestros actos, y hallaremos que muchas veces, hasta los que parecen frutos sanos de virtud sólida, están interiormente podridos, porque proceden de la viciada raíz de la soberbia.
Y ¿cómo nos preservaremos? Oponiendo a la desenfrenada libertad la Santa Esclavitud, a la soberbia del mundo la humildad de la Santísima Virgen; al Non serviam, grito de guerra del demonio, el Ecce ancilla Domini, divisa de nuestra humildísima Señora. Acostumbrémonos a obrar por ella y poco a poco nos irá entrando su espíritu de esclava; y con esta dichosa esclavitud alcanzaremos la verdadera libertad de espíritu y la dulcísima paz del corazón.


Meditación sobre el principio del secreto de María




PREPARACIÓN PARA HACER LA CONSAGRACIÓN A LA VIRGEN MARÍA


MEDITACIONES  SEGÚN EL MÉTODO IGNACIANO


DOCE DÍAS

San Luis María Grignion de Montfort nos aconseja que antes de entrar en las tres semanas de ejercicios preparatorios para la consagración empleemos doce días para vaciarnos del espíritu del mundo.
Creemos que serán conformes a su espíritu las meditaciones siguientes, que además de servir para vaciarnos del espíritu del mundo, ayudarán también para entusiasmarnos con la Santa Esclavitud de María.



DÍA 1

Meditación sobre el principio del secreto de María

Composición de lugar. Estoy sentado a los pies de Nuestra Señora, como esclavito, y Ella me hace las reflexiones que siguen.
Petición. Que me resuelva de veras a hacerme santo, por medio de la Verdadera Devoción a la Santísima Virgen.

Punto I. “Lo que de ti quiere Dios, alma, que eres su imagen viva, comprada con la sangre de Jesucristo, es que llegues a ser santa, como Él, en esta vida, y glorificada, como Él, en la otra.”
Esta es la voluntad de Dios, vuestra santificación (1 Tes 43). Santificaos y sed santos, porque yo soy el Señor vuestro Dios..., porque yo, vuestro Dios y Señor, soy santo. (1 Pe 1, 16).
“Tu vocación cierta es adquirir la Santidad divina; y todos tus pensamientos, palabras y obras, tus sufrimientos, los movimientos todos de tu vida, a eso se deben dirigir; no resistas a Dios, dejando de hacer aquello para que te ha criado y hasta ahora te conserva.”
Terrible sería para ti esa resistencia, porque, ¿quién puede luchar con Dios y tener paz? (Job 9, 4). Si Dios quiere que seas santo y tú te empeñas en no alcanzar más alto grado de gracia que el que se requiere para entrar en el cielo, ¿no ves que te expones a que Dios te niegue las gracias eficaces que para esto necesitas; y por apuntar al mismo blanco, y no más arriba, como mal tirador, des más abajo y caigas en el abismo? Bien dijo el que dijo:
“Loco debo ser, pues no soy santo.”
Pues ¿no es locura, además de ingratitud, resistir al Todopoderoso y sapientísimo Juez y despreciar la gracia del bondadosísimo Padre? ¿Qué harías tú mismo con un criado, que aunque sólo fuera en cosas pequeñas resistiera de continuo a tu voluntad?

P. II. Por otra parte, la santidad es tan hermosa, tan útil y tan deleitable, que aunque no nos la exigiera Dios, deberíamos nosotros suspirar siempre por conseguirla. Esta es aquella celestial sabiduría, que tanto se alaba en las divinas Letras; aquella perla preciosa y aquel tesoro escondido, por el cual dijo Cristo Señor nuestro que todas las cosas habíamos de vender: tesoro infinito, que en alto grado nos hace participantes de la amistad del Rey del Cielo, con cuya familiaridad todos los bienes se alcanzan: éste es aquel dichoso reino de Dios en el alma, que es justicia y paz y gozo en el Espíritu Santo. Nada tan excelente y hermoso como un alma santa, que es la imagen de Dios más perfecta que entre el barro de esta tierra se puede formar, el trono y el palacio y el templo donde se asienta a su gusto y de continuo el Señor de las virtudes; la esposa querida y regalada de Cristo. Nadie tan útil a la Iglesia de Dios y a todos los hombres como el varón santo, que tanto puede con sus oraciones y sus méritos. El sabio, el artista, el héroe, el político, nada valen en su comparación. El mundo mismo, que no puede entender a los santos, los admira sólo por los resplandores que su santidad a veces despide, que nada valen en comparación de la luz y del fuego que en su interior se oculta: que “adentro es donde está toda la gloria de la hija del Rey Eterno”.
“¡Qué obra tan admirable! ¡El polvo trocado en luz, la horrura en pureza, el pecado en santidad, la criatura en su Criador y el hombre en Dios!”

P. III. “Obra admirable, repito, pero difícil en sí misma y a la naturaleza por sí sola imposible. Nadie sino Dios con su gracia, y gracia abundante y extraordinaria, puede llevarla a cabo; la creación de todo el universo, no es obra tan grande como ésta.”
Locura sería pretender alcanzar la perfección contando sólo con nuestras fuerzas. Sin Mí –dice Jesucristo- nada podéis hacer. Pero, en cambio, con la gracia lo podemos todo: Todo lo puedo en aquel que me conforta. (Filip 4, 13):
“Y tú, alma, ¿cómo lo conseguirás?”
¿Qué medios vas a escoger para levantarte a la perfección a que Dios te llama?
“Los medios de salvación y santificación son de todos conocidos; señalados están en el Evangelio, explicados por los maestros de la vida espiritual, practicados por los santos. Todo el que quiere salvarse y llegar a ser perfecto necesita humildad de corazón, oración continua, mortificación universal, abandono en la Divina Providencia y conformidad con la voluntad de Dios.”
No te desanimes al oír esos terribles nombres de virtudes tan altas, a las que nunca has podido acercarte. Si tan poco camino has andado hasta ahora para la santidad es porque has ido a pie y sin guía, a ciegas y cansado, saltando de una a otra vereda, sin hallar el atajo verdadero. Pero ¡si pudieras encontrar el camino real, corto y seguro, una buena guía, un tren que sin fatiga alguna te llevara!

P. IV. “Todo se reduce, pues, a hallar un medio fácil, con que consigamos de Dios la gracia necesaria para ser santos, y éste es el que te voy a enseñar.
Digo, pues, que para hallar esta gracia de Dios hay que hallar a María.”
Ella es, como dice San Bernardo, la estrella que guía al puerto del cielo a los que navegamos por el mar de este mundo.
“Siguiéndola, no te descaminas; rogándola no te desesperas; pensando en Ella no te equivocas; teniéndote Ella no caes; protegiéndote Ella no temes; guiándote Ella no te fatigas; siéndote Ella propicia llegas (al puerto deseado)”.


¡Oh hermosa estrella mía! Yo quiero siempre seguirte, que tú me alegras y aseguras con tus suavísimos resplandores. No te me ocultes nunca, Señora, porque entonces me perderé. Más todavía: llévame de la mano como una madre a su pequeñuelo; porque madre mía eres, aunque soy indigno de ser tu esclavo. No te desdeñarás de tomar esta mano tan sucia; porque aunque tan limpia, eres madre de pecadores.